De la madre de un adolescente de 14 años

De la madre de un adolescente de 14 años

Soy madre de un varón de 14 años diagnosticado con TDAH sin hiperactividad. Mi hijo nació un mes antes de la fecha prevista, tenía placenta previa y pesó 2 K 100gr; es el segundo de dos hijos.

Casi no durmió durante los tres primeros años y sus llantos eran interminables. Me di cuenta de que algo andaba mal cuando no podía aprender los nombres de nuestros padres y hermanos, teléfono y dirección de la casa. El primer día de nido, cuando lo fui a recoger no quiso salir, la pataleta fue tal, que las profesoras se asustaron. Mi hijo demoró en entender que vendría todos los días. No sabía compartir juguetes, lápices y lloraba por todo. En esta etapa tenía tres años, sus llantos nocturnos descontrolados empezaron a crear secuelas en nuestro entorno familiar, mi hija empezó a levantarse por las noches y las discusiones con mi marido tuvieron su momento más intenso.

Cuando debía entrar al colegio, las profesoras del nido encararon mal el problema, no me dijeron que no estaba maduro para el colegio; si me hubieran dicho que era inmaduro yo lo hubiera entendido y hubiera esperado un año más. Debo resaltar aquí que los conocimientos del TDAH no eran tantos como ahora.

En el colegio le costó aprender las letras y los números, de ahí su problema de lecto-escritura. Él no podía transcribir de la pizarra al cuaderno o del libro al cuaderno sin perderse en las líneas, lo que hacía muy tedioso y lento su trabajo. El problema de memoria en cuanto a tareas era notorio, lo que hacía parecer que era flojo. Yo hubiera querido que repitiera el primer grado, pero las profesoras con sus temores de estima personal no me ayudaron. Mi hijo que tenía problemas de memoria no se hubiera dado cuenta, hubiera creído que estaba en otra clase.

Aquí empezamos el largo camino de evaluaciones y terapias. La evaluación demostró que era un chico con inteligencia superior, con altibajos. Los psicólogos fueron como cuatro y el último de ellos, recuerdo que me dijo: “Yo prefiero a los normalitos y no tan inteligentes”. Por supuesto no entendí en aquel momento a qué se refería, lo entendería más adelante.

Mi hijo asistió a las terapias siempre de buena gana, nunca se quejó y cada vez que yo preguntaba cómo se comportaba, todo el mundo me decía que bien. Ha tenido diferentes psicólogos, quiero mencionar que todos aportaron algo, pero con el tiempo lamentablemente creo que se quedaron en tratar de saber qué es lo que pasa internamente y realmente no les pasa mucho; estos niños son manipuladores, te cuentan los cuentos como tú quieres escucharlos, mienten porque al final no recuerdan bien cómo fue todo el problema, y algo que tienen es que ellos NUNCA tienen la culpa de nada, son difíciles de enfrentar.

En cuarto grado, la diferencia de madurez con los amigos era notoria y con gran fortaleza decidí enfrentarme a las profesoras, director y a mi marido para que repitiera. Él ya no podía más, era el típico niño sentado atrás que no molesta, no hacía las tareas y estaba mirando al techo, al cielo o por la ventana totalmente distraído; y como no molesta en clase los profesores no lo tomaban en cuenta. Ese año conseguí que repitiera. Su estima personal estaba totalmente en el suelo, a pesar que el psicólogo dijera todo lo contrario. Ése fue, a pesar de todo el cambio, el mejor año que tuvo y respondió bien, pero también creyó que sabía todo y así no era. Durante estos años yo lo ayudaba con las tareas. En el medio tuvimos este psicólogo que me dio algunas pautas para solucionar un problema con la hermana mayor (quiero hacer una reseña aquí, la hermana tiene excelentes notas, están en el mismo colegio y su ansiedad porque ella lo note es impresionante); su consejo fue bueno y lo seguí. El psicólogo solo supo decirme que mi hijo era inmaduro, algo aniñado y medio tontito (por el comentario de una amiga sobre mi hijo, me alertó que los privilegios paciente-doctor habían sido vulnerados). Lo dejé porque sentí que no había progresos. El problema de mi hijo al no tener hiperactividad, no pegarles a los amigos o no agarrar todas las cosas que estén a su alcance lo hacen dócil para las sesiones de psicología.

Cuando cumplió trece años, decidí volverlo a evaluar porque ahora iba a empezar la etapa de la adolescencia tan temida y con estos chicos era difícil saber en qué andábamos y qué era lo que íbamos a hacer, entonces buscamos una orientación. Para este entonces yo ya tenía la ayuda de un neurólogo pediatra y estaba medicado. Esto empezó desde los 6 años, dosis pequeñas y luego de acuerdo a las indicadas por el médico tratante de acuerdo a peso, tamaño y comportamiento.

Mientras que yo lo ayudaba con las tareas los pleitos eran cada vez más grandes y su rechazo también. Tuve que empezar a trabajar por mi salud mental y decidimos ponerle un tutor por consejo del médico neurólogo, para que nuestros pleitos disminuyeran y la relación madre-hijo no se deteriorara más. Me recomendaron un chico súper trome de 20 años que estudiaba en la universidad, era alto, pantalones ranger, polo y sweater; me sorprendí de verlo al principio, tan acostumbrada a las profesoras y terapistas que había tenido. Le expliqué lo que necesitaba, él sabía bastante y me dijo: “Voy a tratar de organizarlo, mirarle el horario, que lleve mejor sus cuadernos y enseñarle a hacer resúmenes”, le dije que me parecía bien porque mi hijo y yo habíamos llegado a un punto que no podíamos sentarnos a hacer nada, su rechazo era completo. La tutoría empezó y con este tutor joven mi hijo comenzó su nuevo proceso de organización. Le fue mejor, no quiero decir que tuvo excelentes notas sino que se sentía mejor, mi hijo siempre ha tenido problemas con tener los cuadernos al día y no hacer las tareas; oralmente es sobresaliente. La televisión y la computadora con los juegos pueden llamar su atención más que nada en este mundo.

Como será que una está tan cansada y atorada de ideas que no se da cuenta de ciertos detalles. Un día el tutor se me acerca y me dice: “¿Cómo puede saber qué cuaderno es de cada curso si todos tienen la misma pasta? Tu hijo abre su locker y lo que encuentra son ocho cuadernos todos iguales”. Yo ni siquiera me había dado cuenta de algo tan obvio y es porque las mamás estamos sumamente cansadas y cerradas. Sin embargo, este tutor estaba en la casa viendo las cosas que mi hijo usaba a diario; me dio algunos consejos y lo ayudó a organizar ciertas cosas y el hablar con un chico joven como él lo ayudó a tener diferentes puntos de vista. Tuvimos que prescindir de sus servicios porque él estaba terminando la universidad y disponía de poco tiempo extra.

Al siguiente año empezaron las terapias y sesiones con la psicóloga por el problema de cómo encarar la adolescencia que les comentaba anteriormente. En esta ocasión la evaluación arrojó que tenía altibajos y que era promedio. La psicóloga hablaba con él y así estuvimos hasta el primer bimestre, en el que obtuvo seis jalados en la libreta. Ante mi desesperación y el deseo de llegar a una conclusión con mi esposo decidí volver al tutor nuevamente. La reacción de la terapista fue muy buena, me dijo: “No ha dado resultado”. Sin embargo la psicóloga no quiso que terminara así no más las sesiones. Tuve que pensar cuidadosamente qué era lo mejor para mi hijo.

En esos días fui informada por una de ellas del problema suscitado por el malestar que le causaba mi hija mayor y un montón de problemas imaginarios en la cabeza de mi hijo. Al principio no lo entendí pero después me di cuenta de la manipulación tan grande que él había creado para poder terminar no haciendo las tareas porque era una pobre víctima de la hermana. Tuve que desmentir lo dicho por él a la terapista y psicóloga. Aquí es donde tenemos que tomar una decisión sobre las terapias o la tutoría, creo que las sesiones pueden y no ayudar a los niños. No tengo las respuestas a todo, pero si la psicóloga no habla con los padres de los niños no puede saber qué ocurre, ya que ellos crean sus propias historias de las cosas, siempre son las víctimas, no enfrentan los problemas y suelen mentir.

En el segundo bimestre con la tutoría solo tuvo dos jalados y levantó los demás cursos, él es un chico que pasa con 11 y 13 pero no le exigimos más…, solo que apruebe. Desde que dejó las terapias ha vuelto a ser el mismo, muchos amigos, cariñoso, hay que empujarlo mucho, le cuesta hacer las tareas, tiene gran sentido del humor, su lógica nos impresiona, tiene buena conducta en el colegio, es poco audaz y algo temeroso. Les sonará como dicho en desorden pero creo que así es su vida y así lo queremos.

Este es mi granito de arena para muchas mamás que tenemos que pasar por esto sin tener conocimientos del TDAH. Mamás que hemos escuchado comentarios de otras personas que nos han herido. Mamás que luchamos cada día para sacarlos adelante. Mamás que hemos escuchado que no se aprecia todo el esfuerzo que ponemos.

Mi consejo: darles mucho amor pero con disciplina clara; deben saber qué está bien y qué está mal. Mirar cada año cómo va; no pensar: ¿que será de él dentro de cinco años?

Y algo que siempre digo: él ha sido el gran estímulo de mi vida, siempre haciéndome investigar que más puedo hacer para ayudarlo y lo seguiré haciendo hasta que él camine por sus propios medios. El primer libro que me ayudó a entender mucho del TDAH fue El niño difícil de Stanley Turecki y Leslie Tonner.

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Artículo aparecido en el boletín n.º  17 del APDA, del 9 de diciembre del 2007.

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