Testimonios

De un brillante adolescente de 15 años

GRACIAS AL TDAH

Sí, esa es la verdad, gracias al TDAH. Esa es mi única verdad; mucha gente cree que si en un chico se descubre el TDAH, el pobre muchacho va a sufrir en la vida porque no va a poder desenvolverse con éxito en el mundo social, personal y laboral. Que lo van a tener que matricular en una escuela para chicos especiales porque el “pobre chico” no va a poder con un colegio normal. Eso es lo que piensa la mayoría de gente a la que se le pregunta sobre “esta, mi gran virtud” ( el TDAH). La mayoría de esta gente no tiene la más mínima idea de lo que es esto, muchos dicen que es un problema mental, un desorden en el cerebro o que prácticamente es un retraso mental sin posibilidad de recuperarse y es en esos momentos en los que me digo a mí mismo: “El mundo es ignorante y su gente no esta preparada para mí”, y lo digo de corazón. Entonces, para aclararles el panorama a todos he decidido escribir mi historia, mi trastorno, mi don y comenzaré con mi primer (y hasta este momento único) gran reto: El Colegio.

Nací en Acapulco, Estado de Guerrero, en México. Viví muy poco tiempo allí pues luego me mudé al D.F. (Distrito Federal) donde viví hasta los 7 años. Luego me vine al Perú en donde hasta el día de hoy resido. Me matricularon en el colegio Alpamayo (gracias a Dios) y fue ahí en donde comenzaron las primeras manifestaciones de mi don, que hasta el día de hoy me han traído y traen muchos problemas. Yo era el típico niño que no se podía quedar sentado más de dos minutos en su sitio y gracias a eso me gané más de una llamada de atención y ni que decir de los dolores de cabeza que le daba a mi madre, pues era un chico de conducta muy baja y de un promedio académico bueno (no se hagan muchas ilusiones, siempre he estado en el promedio).

Mis padres y profesores no se imaginaban qué era lo que yo tenía y la verdad es que no se detenían mucho a pensar en ello, pues supongo que lo tomaban como algo normal en un chico de mi edad, tal vez un poco movido pero nada más. Como mi padre es exactamente igual a mí (el también tiene el don, pero obviamente en su época aún no se descubría este don), él tranquilizaba a todo el mundo diciendo que ya me pasaría, que era solamente un niño movido. El hecho es que pasaban los años y no me pasaba, sino que cada vez se hacia más evidente mi incapacidad para permanecer inmóvil en mi lugar, lo cual no agradaba a muchos de mis maestros ni a mis padres que estaban llegando al límite de su paciencia con las “anotaciones” (que eran malos reportes de mi comportamiento en clase, algo que no era muy serio si te mandaban solo una, dos, tres o hasta cinco anotaciones, pero en mi caso las anotaciones llegaban en cantidades), pues eran ellos los que tenían que firmarlas.

Así continuó mi vida hasta que en cuarto grado de primaria la situación se tornó un poco más difícil y yo era el peor en conducta y el “punto” de todos los profesores, fue ahí cuando el psicólogo del colegio le recomendó a mi madre llevarme a un neurólogo, el cual le recomendó a una psicóloga, la misma que recomendó llevarme a otro neurólogo, después de seguir todos los consejos fuimos a parar al consultorio del neurólogo que detecto con rapidez mi “don” y le explicó con lujo de detalles a mi madre de qué se trataba. Él le dijo que no era un tumor en el cerebro, ni un trauma mental ni mucho menos un retraso mental; le dijo que se trataba de un trastorno llamado Déficit de Atención con Hiperactividad, que en buen castellano quería decir que yo no podía estar quieto en una silla, que era muy propenso a perderme en medio de una clase de matemáticas (no les recomiendo que se guíen por este síntoma pues conozco a muchos chicos de mi edad que se “pierden” en todas las clases y no tienen mi don, a todo aquel que le aburran las matemáticas no es porque esté bendecido con este regalo de Dios, yo creo que más bien está ligado a la holgazanería) y que era más difícil para mí sentarme a entender y a estudiar algún curso porque los dos últimos síntomas (la hiperactividad y la constante distracción) me hacen más difícil esta tarea.

Una vez que mi madre entendió lo que me ocurría, procedió a contármelo y sorprendentemente no fue ningún gran descubrimiento para mí, pues obviamente yo era el que experimentaba día a día aquello y lo único que me llamó la atención fue el nombre, que como cualquier otro nombre científico cuando te lo dicen por primera vez pides que te lo vuelvan a decir más despacio y explicando qué quiere decir cada palabra. El hecho es que cuando mi madre terminó con su presentación, me dijo que lo mío era más sencillo de lo que su nombre aparentaba y que tenía solución (yo prefiero decir: que se puede controlar); lo único que tenía que hacer todos los días aparte de levantarme, vestirme, tender mi cama, desayunar, ir al colegio, regresar de él, estudiar y dormir; era que en el lapso de tiempo que había entre el desayuno e ir al colegio debía tomar una minúscula pastilla, color blanco. Obviamente la pastilla sola no hacía milagros, yo tenía que poner mucho de mi parte para lograr un autocontrol; con estas dos cosas santo remedio, mi don estaba controlado.

Ahora que ya les conté los aspectos negativos de mi don pasaré a contarles los aspectos positivos de este, que son muchos y muy útiles. Comencemos por la capacidad de controlar situaciones, me explico: son muchas las ocasiones en que uno tiende a meterse en problemas y si no fuera por la capacidad de analizar rápidamente la situación, de controlar mis emociones (la adrenalina) —esto es propio de mi don—, habría recibido el doble de castigos de los que he tenido. Mi agilidad mental y la tranquilidad suficiente para que si en algún momento las cosas no salen como uno esperaba, tener la capacidad de no hacer o decir alguna insensatez que te puede costar caro. Es la agilidad mental un aspecto positivo que tenemos y que en la mayoría de las personas escasea.

Otro aporte a la humanidad es la capacidad de saberte desenvolver bien en cualquier circulo social, es decir, la capacidad de hacer amigos, de agrandar la lista de contactos; actualmente esto vale mucho para enfrentar una situación laboral. A diferencia de mucha gente no tengo temor o tengo la suficiente confianza en mí mismo para poder entrar en cualquier grupo nuevo, cualidad que a mucha gente de mi edad le falta; agallas de presentarme ante personas desconocidas con confianza y de una forma amena.

Otro aspecto positivo es el saber hablar cuando tengo que hablar y el saber escuchar cuando tengo que escuchar, esto es un don que actualmente en mi adolescencia y como hombre me ayuda ante las mujeres. Creo que no tengo que hacerles recordar que a todas las mujeres les encanta hablar y a los hombres no les agrada mucho escuchar, por ello saber escuchar y escuchar los detalles mínimos que las mujeres o cualquier persona dice es importante.

Otro detalle es saber hablar, ahora, cuando yo digo saber hablar no me refiero al hablar normal, me refiero a un hablar apropiado acorde a la situación y a la persona; como son por ejemplo, el saber hablar frente a una mujer o saber hablar en una cita de trabajo o una reunión social, saber hablar pensando. En resumen, todo gira alrededor de la agilidad mental tan impresionante que el TDAH trae consigo. Todos son miles de detalles que a fin de cuentas hacen al hombre lo que el hombre es.

Y obviamente para que cada uno de estos detalles funcione lo primero que tenemos que hacer es controlar nuestro don, de lo contrario puede ser contraproducente. Una de las cosas que más me ha ayudado para controlar este don en los tres últimos mes ha sido el Coaching, que ayuda una enormidad a manejar los tiempos y a prestar atención a esos detalles mínimos que pueden hacer que nuestro rendimiento llegue a ser el mejor.

Y ya para concluir cierro con lo que empecé: “Gracias al TDAH” soy ahora lo quiero ser y voy a ser lo que yo quiera ser; no hay nadie que me pueda detener. Ahora puedo aprovechar este don que para muchos ha sido siempre un mal para mí es una bendición.  Como dije al principio, pienso que el mundo aun no está listo para mí y es por eso por lo que me esfuerzo, pues cuando el momento llegue y el mundo siga igual, no voy a ser yo el que se acomode al mundo, va a ser el mundo el que se va a tener que acomodar como pueda cuando tenga que chocar conmigo.

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Testimonio aparecido en el boletín electrónico n.º 10 del APDA, del 15 de diciembre del 2005.

De la madre de un niño, sobre dos medicamentos

Estimados papás y mamás: creo que contar mi experiencia puede ayudar a algunos padres.

Desde bebé nuestro hijo Álvaro fue un niño tranquilo, muy observador, solía examinar cualquier cosa que caía en sus manos con sorprendente atención por un buen rato. En realidad todo iba muy bien, recuerdo que a los dos años y medio bailaba bastante bien y con gran ritmo.

Cuando tenía dos años y algunos meses nos preocupamos porque hablaba muy poco. El pediatra dijo que no nos preocupáramos hasta los tres años. A los tres años y medio tenía varios problemas de pronunciación, lo que se corrigió en algunos meses con terapia.

Alrededor de los seis años, nos empezó a dar trabajo para mantener la rutina diaria, los hábitos y horarios como comer y no pararse o ponerse a jugar, bañarse a su hora y no dar mil vueltas antes o poner pretextos para entrar al baño, acatar órdenes en forma inmediata, como vestirse sin ponerse a jugar etc. En la medida en que Álvaro debía ser más autónomo, la cosa empezó a salirse de control, en el sentido de que no podíamos confiar en que él realizaría las tareas sin un seguimiento cercano constante y agotador.

Todo esto lo atribuimos a falta de límites y al nacimiento de nuestra segunda hija. En el colegio, ya en Kinder, también nos hablaron de que debíamos poner más énfasis en los límites y reglas, pero no detectaron el déficit de atención e hiperactividad.

Le hicieron una evaluación psicológica y también lo llevamos a un neurólogo, quien dijo que se trataba de un niño malcriado y que no tenía problema alguno. Y así empezó el calvario de ir de psicólogo en psicólogo y de neurólogo en neurólogo, quienes atribuían su conducta a cualquier cosa menos a un déficit de atención, que era lo que yo al final les planteaba de frente. Un neurólogo bastante conocido, director de una clínica y ya bastante mayor, nos dijo: “No tiene problemas de hiperactividad ni de nada, es su forma de ser”.

En primer grado tuvo dificultades con el aprendizaje de la lecto-escritura e idioma. También  tuvo problemas a nivel de interrelaciones con sus pares: era impulsivo, tendía a enojarse fácilmente y le faltaban recursos para defender su punto de vista o defenderse frente a alguna agresión. Nos propusieron que hiciera primer grado nuevamente por falta de madurez, a pesar de que las notas eran buenas. El decidir dejarlo en primer grado fue difícil para nosotros y para él, como padres nos sentíamos un poco culpables y además él, como era de esperar, nos culpó por la pérdida de sus compañeros.

Ese verano nuevamente sometimos a nuestro hijo a varias evaluaciones psicológicas, psicopedagógicas y neurológicas en la clínica donde estamos afiliados y no detectaron nada. Por lo que pensamos que había que considerar el tema de que se tratase de inmadurez.

Comenzó primer grado nuevamente y nosotros estábamos muy contentos, pues ya habíamos asumido la decisión, además le asignaron una maravillosa tutora y profesora, una verdadera maestra que tuvo por dos años. La calidad de los profesores es muy importante, sobre todo en los casos de niños con TDAH. Así Álvaro fue integrándose poco a poco.

En los dos primeros meses se veía que tenía dificultad para jugar con los niños de su curso, pero parecía que la cosa era un asunto de adaptación. En la casa la cosa seguía fuera de control, era difícil que Álvaro cumpliera con la rutina elemental, por el contrario parecía que iba perdiendo hábitos que había adquirido de más chiquito. El perder su chompa, dejar libros y tareas y cartuchera, etc. en el colegio, era cosa frecuente. Alguien nos recomendó a una neuróloga  especialista en niños, quien fue la única que luego de hacer un par de preguntas dijo que Álvaro padecía de déficit de atención. Ella nos pidió una evaluación psicológica y un electroencefalograma, diciéndonos que cuando tuviéramos todo regresáramos.

Entre tanto Álvaro manifestaba que no querían jugar con él y la profesora nos había informado que era muy impulsivo, tendía a responder físicamente ante cualquier provocación o si por casualidad era golpeado o  se reían de él, etc. No dijo que necesitaba ayuda para tener un mejor autocontrol y que además tendía a molestar a sus compañeros durante las clases.

Un día Álvaro muy triste luego de molestar a su hermanita y ser rechazado por ella, me dijo llorando: “Mamá, ¿sabes que siempre me  pasa lo mismo?”.  Nadie  lo quería porque siempre estaba molestando a los demás niños en el colegio, pero era algo que no podía controlar, algo que no sabía por qué no podía dejar de hacer.

Con el diagnóstico de la neuróloga  y la confesión de Álvaro, para nosotros fue suficiente y como él hermano de mi esposo es medico en EEUU, le encargamos la atomoxetina (Strattera) en relación a su peso 28 kilos o sea 40 mg.

Decidimos atomoxetina debido a que la dosis era una vez al día y a que no era un estimulante. Teníamos prejuicios respecto al Ritalín, en Internet se decían muchas cosas del Rítalín y nos dejamos llevar. Del Strattera aún no se hablaba…

Todo comenzó bien y el estrés familiar bajó y Álvaro comenzó a adquirir más seguridad respecto a lo académico y en general estaba más consciente de las cosas. Pero los cambios de conducta no fueron considerables y con el tiempo la mejora en la parte académica se mantuvo, y aparecieron otras manifestaciones como una actitud malhumorada, un tanto apática, como si perdiera la alegría de vivir o disfrutar las cosas. En las noches, especialmente, se le ponían muy rojas las orejas y los pies se le ponían muy fríos. Se sumó la somnolencia en horas de clases y los continuos dolores de estómago, por lo tanto una falta de apetito constante; hacía muecas sin darse cuenta, si bien no eran tics, tenía una especie de tics verbales, repetía una pregunta muchas veces o repetía una frase seguidamente por un buen rato; estaba irritable y de llanto fácil; y continuamente estaba con gripe y otitis. Decidimos darle la dosis en las noches, lo que no fue significativo, tal vez tuvo menos somnolencia en clases y un poco más de apetito por la mañana.

Terminó el año 2004 bien en el colegio, muy buen promedio, pero las vacaciones del 2005 de verano fueron un infierno, debía llevarlo a todas partes conmigo, desarrolló miedos, por ejemplo a la oscuridad, ansiedad ante los buenos y ante los malos  acontecimientos. Sufría de dolores de cabeza. Comenzó a bajar de peso. Lo más grave fue que comenzó a sufrir de una terrible ansiedad y ésta iba creciendo y se llegó a manifestar físicamente: sudor, dolor de estómago, vómitos, diarrea, todo produciéndose en un mismo episodio; era tal su ansiedad que ya no podíamos salir de casa con mi esposo, sin que Álvaro no se descompensara.

Algo que lo tuvo contento fue el practicar fútbol en una conocida academia de fútbol donde realmente le fue muy bien, pues era todo un goleador. Por lo que cuando entraron a clases en marzo, continuamos con las prácticas, pero se fatigaba mucho. En dos  oportunidades, mientras entrenaba, sufrió una descompensación: se quedó sin aire y con altas palpitaciones; demoró en recuperarse. Realmente me llevé un gran susto. No era un tema de hidratación, ya que tomaba Gatorate o Electroligh.

Lo llevamos al médico y me derivaron a un cardiólogo, también a control con la neuróloga que lo trataba, la que venía llegando de un congreso en Holanda y venía fascinada con el Strattera. Por otro lado Álvaro comenzó a desarrollar algunas conductas obsesivas y maníacas lo que me alarmó más todavía. La neuróloga mandó a hacer una evaluación psicológica, diciendo que podía haber algo de fondo y quería descartarlo.

Decidimos con mi esposo descontinuar la medicina en los fines de semana primero, después dos días más, los días de práctica de fútbol, y vimos que mejoraba notoriamente su capacidad física y su estado general, ya casi no había fatiga. Por esta razón decidimos dejar de darle la medicación y hubo un gran cambio en su estado de ansiedad, que fue bajando poco a poco hasta desaparecer, se fueron los miedos y dependencia, los sudores fríos y los vómitos. Se convirtió en un niño tranquilo, pues  antes él me decía: “Mami por qué no se me quita lo nervioso, cómo quisiera no ser un niño nervioso o que existiera un mago que me quitara lo nervioso y el dolor de estómago, solo cuando tú estás y me abrazas me curas de lo nervioso”. Esto ya era abril del año 2005.

Poco a poco al ir desimpregnándose de la medicación Strattera, comenzaron a aparecer problemas académicos, especialmente en castellano y en el idioma extranjero. También empezaron los problemas de interrelaciones con sus compañeros y al finalizar el semestre era urgente que mejorara en estos tres aspectos. Consideramos que se ganó en lo referente a la fijación de hábitos. Pero cuando se le pedía algo a Álvaro, no entendía bien lo que se le estaba pidiendo, tenía dificultades en comprender instrucciones.

Cuesta asumir que el diagnóstico es definitivo, por lo que luego de indagar y pasearnos por toda clase de teorías sobre el problema de nuestro hijo, desde terapias psicológicas para nosotros como padres, terapias psicomotoras para él, posible cambio de colegio, niños índigos, cambio de alimentación, flores de Bach, homeopatía, etc., etc., decidimos consultar con un médico experto en el tema.

Sinceramente no íbamos muy permeables a aceptar la medicación de Ritalín y pensábamos buscar su opinión respecto al diagnóstico. Pero fue claro: Álvaro tenía el Trastorno por Déficit de Atención y salimos con la receta de Ritalín en la mano. El doctor nos dijo que éramos libres de elegir, que podíamos seguir con Strattera, pero que la dosis era muy alta para Álvaro, que había estado sobredosificado. Nosotros le contamos las conductas y síntomas agudos que había empezado a manifestar y nos confirmó que en estudios recientes se notificaban casos infrecuentes de desarrollo de una conducta maníaca, que podía tardar en revertir.

Felizmente comenzamos con Ritalín y cuando llegamos a su dosis adecuada al cabo de unos 10 días, justo aprovechando las vacaciones de julio 2005, Álvaro consiguió en muy poco tiempo el equilibrio y la capacidad académica necesarias, y la aceptación de sus compañeros. Todos los prejuicios respecto a involucrar al colegio y a la aceptación por parte de este, fueron disipados, solo tuve que enviar la receta a través de la profesora; y por el contrario, estamos seguros de que el colegio a tenido una muy buena experiencia con los resultados del tratamiento. Alguien me dijo, ante nuestros prejuicios respecto a involucrar al colegio y que nuestro hijo sufriera los prejuicios por su condición de niño con Déficit de Atención, que mi hijo estaría señalado igual por la conducta y rendimiento que tenía sin tratamiento, que siempre sería mejor que estuviera en tratamiento con resultados, que en la situación en que se encontraba.

Es importante señalar que  Álvaro cuenta con terapia de apoyo una vez por semana. Sus notas en el colegio han subido y esto ha significado una gran mejoría en su autoestima. En cuanto a su desarrollo y peso todo va muy bien.

Espero haber aportado a este tema tan importante para nuestros hijos, que representa gran preocupación y un trastorno familiar en la mayoría de los casos. Me despido deseando lo mejor para sus hijos y toda la familia, así como un año escolar 2006 sin preocupaciones y gratificante.

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Testimonio aparecido en el boletín electrónico n.º 11 del APDA del 15 de marzo del 2006.


Del estudiante universitario Álvaro Gastelumendi

Desde los 11 años, momento en que se me diagnosticó el TDA(H), adopté una perspectiva positiva sobre el asunto. Hasta hoy percibo esta condición no como un trastorno, sino como un cableado cerebral distinto que otorga a quienes lo tienen una serie de características generales particulares, entre las que considero que se cuenta un estilo de percepción global, una alta capacidad de integración y una sensibilidad intensa a las emociones propias y ajenas. Para mí, no es que el TDA(H) sea un problema en sí mismo, sino que a los que tenemos esta condición nos es tremendamente difícil adaptarnos a las exigencias culturales a las que somos sometidos desde muy pequeños. En un mundo que privilegia la objetividad por sobre todas las cosas, nuestras características son realmente inadaptativas.

Todo lo que está escrito arriba es una interpretación racional y probablemente esté más basada en la realidad que en el deseo de buscarle tres pies al gato. Los contenidos emocionales relacionados con todas estas ideas son, no obstante, diametralmente opuestas. La culpa, la ira, la baja autoestima y la desesperanza son los principales sentimientos asociados con, al menos, mi propia experiencia de crecer con TDA(H) (por otro lado, la experiencia oceánica de fundirme con el entorno que caracteriza los momentos en que doy rienda suelta a mi naturaleza distraída es indescriptiblemente placentera).

La naturaleza, en su sabiduría, nos ha otorgado un nivel de resiliencia excepcional. Desde niños sobrevivimos en un entorno hostil, donde se nos sobrecarga con tareas que exigen un alto desempeño en habilidades que nos son esquivas, se nos critica y penaliza por hiperactivos y distraídos, y en general, la gran mayoría de nuestras tendencias cognitivas naturales son reprimidas. A pesar de todo esto, seguimos hacia delante, sin rendirnos a pesar de que nada en este mundo tiene sentido a nuestros ojos. Y es esta última característica en la que creo que radica la bendición del TDA(H): nuestra condición nos somete a un estado de perpetua búsqueda, a un nunca estar realmente cómodos, a no quedarnos dormidos y despertarnos un día dándonos cuenta que se nos pasó la vida.

En los veinticuatro años que llevo caminando es este mundo, el TDA(H) me ha permitido conocer cada día tanto los patrones maravillosos que subyacen a los procesos de la naturaleza (pasando horas enteras observando una línea de hormigas, una formación de nubes, rituales de apareamiento de palomas, etc.) como los extremos del dolor, de la mezquindad humana y de la intolerancia. Toda la información contenida en este amplio rango de aprendizajes ha pasado por los procesos de integración que son característicos en el aparato cognitivo de las personas con déficit de atención. Sobre los resultados de esta integración, baste decir que hoy siento en mi corazón que todo en el mundo tiene sentido, y que conforme pasen los años, más personas irán comprendiendo que lo que hoy se llama TDA(H) es en realidad una vocación innata y una facilidad neurológica para lograr la armonía y la felicidad.

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Testimonio aparecido en el boletín electrónico n.º 12 del APDA del 28 de junio del 2006.

 

 

De la mamá de un niño de 7 años

Nuestro hijo desde que nació fue un niño muy demandante. Por cierto, tuvo un nacimiento muy difícil, nació con una severa infección pulmonar que le significó algunos días de lucha para vivir. Lo tuvimos en nuestros brazos recién cuando tuvo siete días de vida. Era un bebe muy ansioso, durante los primeros meses se alimentaba cada hora, y asumimos que era a consecuencia de su nacimiento. Obviamente, no descuidábamos la parte médica; además de sus chequeos pediátricos, y por temor a alguna secuela importante, en el primer año de su vida acudíamos una vez al mes al consultorio de una neuropediatra.

Desde muy pequeño, recuerdo claramente que a los tres meses lo llevamos por primera vez a un santo infantil, nos fue imposible entrar a aquella casa. Los llantos fueron estrepitosos a pesar de que la bulla no era tanta, solo pudimos entregar el regalo en la puerta y regresar, no nos quedó otra. Era un bebe que no sonreía, muy serio, al punto tal que gente que le hacía mimos por la calle o que trataba de hacerle algún halago, porque era muy bonito y muy cachetón, terminaba poniéndole apodos como “el molestadito” o “Miguel Grau”. Esto era prácticamente una constante. Nos pudo sonreír, en casa, a los siete meses, si mal no recordamos.

Era un niño muy llorón, y sobretodo muy difícil para conciliar el sueño desde que vino al mundo. Recuerdo que cuando tenía un mes de nacido, nos encontrábamos en un club y era tal el llanto (porque el volumen era muy fuerte, y a pesar de estar al aire libre la gente se preocupaba) que una nana, de aquellas con experiencia, no se aguantó y me pidió permiso para cargarlo y tranquilizarlo. Por supuesto que la inexperta de la madre aceptó tal ofrecimiento como si se tratara de un ángel guardián caído del cielo. Esta nana lo puso boca abajo en su coche y comenzó a mecerlo hasta que se quedó dormido. Así que esta cátedra somnífera fue adoptada para estos fines. Era tan difícil hacer que concilie el sueño, que recuerdo en algunas madrugadas, haber tenido que bajar a la calle para hacer este movimiento sobre la tapa de hierro que hay en la pista en la esquina del edificio donde vivimos. Era inevitable que los carros pararan a preguntar si necesitaba ayuda.

La dificultad para dormir nunca mejoró, el estrés que esto nos ocasionaba es indescriptible, y casi una tortura porque se presentaba cada día. A los siete años que tiene nos manifiesta que lo peor que le puede suceder es dormir.

Conforme iba creciendo, me daba cuenta de su incapacidad para estar “entre los otros”.  Cuando aún gateaba e íbamos al parque, no soportaba que nadie que no sea yo o su nana, se le acercara. Al año y ocho meses decidimos que le sería muy beneficioso ir al nido. Nos costó un par de meses que se acostumbrara, pero lo hizo muy bien. Solo que sociabilizaba muy poco. Al darnos cuenta de esto, buscamos algún refuerzo que lo pudiera ayudar. Así fue, iba dos veces a la semana a un taller en el que trabajan el aspecto educativo en los niños con música, esta experiencia fue muy buena, porque lo ayudó muchísimo, pero le costaba mucho ir. Pudimos motivarlo durante tres años, luego de los cuales ya nos fue agotador seguir persistiendo.

En la etapa del nido, presentaba ciertas manifestaciones no tan comunes en el resto de los niños. Por ejemplo, de un momento a otro se ponía a llorar, y aparentemente no había pasado nada singular ni amenazante para que esto ocurriera. Felizmente el equipo de maestras eran tan comprometidas con el sistema que impartían, obviamente esto era la prioridad a la hora de escoger el nido, que estaban muy involucradas en conocer qué era lo que estaba sucediendo. Entonces, recibía llamadas telefónicas frecuentes por parte de las profesoras para contarme exactamente lo que estaba sucediendo, y pidiéndome consejos para saber cómo tratarlo. Por supuesto que esto fue durante una primera etapa, hasta que lo llegaron a conocer del todo, y como sucede con sus padres, se acostumbraron a su “personalidad”.

Cuando llegó el momento de la etapa escolar, cuando cumplió los cuatro años, habíamos decidido que no lo presentaríamos a ningún colegio todavía, porque veíamos que estaba tan adaptado al nido, que era mejor esperar un año más a que madurara un poco más emocionalmente. Éramos conscientes de que era un niño muy hábil e inteligente, pero igual preferimos esperar. Hasta que un día una tía nos habló, al ver su habilidad para los rompecabezas y por algunas preguntas que le hizo (ella tiene un nido) y nos dijo que nuestra decisión era la errada, porque opinaba que nuestro hijo se iba a ver rápidamente desmotivado en el nido, que estaba muy adelantado, y que lo mejor sería que entrara al colegio. Con muchos temores, lo presentamos e ingresó. Además se trataba de un colegio grande y teníamos nuestros reparos en cuanto a su adaptación. Pero tuvo muchísima suerte, desde el primer día su profesora detectó que no le sería fácil, y desde el primer momento lo cogió de la mano, y no se la soltó durante toda aquella mañana.  Este gesto fue quizás el más importante para ayudarlo en su nueva etapa.

A los cuatro meses de iniciadas las clases, mi marido fue al colegio a recoger las evaluaciones. En la pared de la clase estaban los dibujos realizados por cada niño sobre la familia, era el tema que habían trabajado durante todo ese mes. Ya acostumbrados a la singularidad de nuestro hijo, mi marido me describió que el único dibujo “diferente” era el suyo. Al preguntarle en qué consistía esa diferencia, me preocupé muchísimo, porque se trataba de una familia de una persona y de un animal. En ese momento no dije nada, pero al tercer día no fui a trabajar y fui a pedir aquel dibujo. Al verlo, le pregunté a la profesora si creía conveniente mandar a evaluarlo, puesto que en casa éramos cuatro personas, y no había animal alguno. Ante sus ánimos procedimos a hacerlo con una psicoterapeuta externa al colegio.

En los resultados de la evaluación, en realidad la terapeuta no nos dijo nada nuevo, solo nos sugirió la intervención para evitar una depresión a mediano plazo, entre otras razones, porque era un niño muy poco expresivo y con un grado muy alto de ansiedad. En ese momento, a los cuatro años y seis meses de edad, empezó el tratamiento psicoterapéutico que duró dos años y medio.

Después de este periodo pudimos notar mejorías importantes: el umbral de su tolerancia a la frustración, que antes no existía, se había ampliado considerablemente; aprendió a controlar sus emociones en gran parte; logró expresar sus emociones, recuerdo la primera vez que me dijo que había estado feliz, las lágrimas se me cayeron inconteniblemente; y su nivel de sociabilidad había mejorado a todas luces; las pataletas habían disminuido; la lucha para ir a dormir había disminuido; sus negativas a todo también. Pero sin embargo todo este esfuerzo no era suficiente. Lamentablemente, a pesar de la evolución favorable, tuvimos que suspender la terapia, por razones económicas.

Para esto nuestro hijo ya estaba terminando el primer grado. Le había tocado una profesora muy experimentada que lo ayudó muchísimo. Ahora puedo decir que ha ejercido de coach con él. Sabía los problemillas que tenía con él en casa, por sus negativas, por sus respuestas desafiantes, no solo hacia nosotros sus padres sino también hacia su hermano menor, por sus repentinos cambios de humor que solo se daban en casa, por lo difícil que era fijarlo para que haga las pocas tareas que le encomendaban. Ella asumió que el aspecto escolar era de su responsabilidad y me liberó de buena parte de esta carga, quizás lo que logró es que me relajara y no viera mucho más, pero esto me fue muy cómodo. Lo que sí, durante todo ese año nos recalcó que cuando vinieran las vacaciones, teníamos que reforzarlo mucho en la lectura y escritura, porque si no al empezar el nuevo año le iba a costar muchísimo. Al terminar el año, recibió un diploma por el esfuerzo empeñado en llegar al nivel que alcanzó, lo cual nos llenó de mucha satisfacción.

Pasado el primer mes de vacaciones, y recordando lo que la profesora me había manifestado, intenté sentarme con él a ejercitar la lecto-escritura. Recuerdo aquel día como uno de los más difíciles que he vivido. Era imposible lograr siquiera que escriba una letra, entre que tajaba el lápiz sin cesar, borraba la raya más mínima que empezaba a dibujar en su intento por escribir, y todas las preguntas inimaginables que se le pasaban por la cabeza, no podía con él. Esta escena llegó a ser tan fuerte, que hubo mucha violencia por parte de los dos, pisé el palito, y la verdad es que no era la primera vez, pero sí la primera en esa intensidad. Fue tan terrible, que decidí contratar a una profesora para que viniera a casa para estos fines. Y quedé tan devastada, tanto que no lo podía admitir y decidí evaluarlo nuevamente, pero con una psicoterapeuta distinta a la que lo trató. Es así que esta evaluación arrojó desatención y algunas razones que explicaban su debilidad en la lecto-escritura. Luego comenzó a acudir a una terapia.

En el mientras tanto, ya había comenzado el segundo grado escolar y su ansiedad se veía en aumento. La presión en el colegio era fuerte, se había implementado una currícula en inglés mucho más intensa, y él se veía imposibilitado de estar a la altura de las circunstancias. Su demanda era tan solo para aprender inglés, desde que comenzó el año nos pedía ir a una academia, cosa a la que no dimos importancia porque pensábamos que era una cuestión de tiempo hasta que se adaptara al nuevo ritmo. Hasta que después de un mes, nos reclamó que no le hacíamos caso y que lo que estaba haciendo era pedirnos ayuda, y esto con lágrimas y ansiedad. Él siempre nos ha demostrado gran avidez de conocimiento, le encanta estar entre libros, esto desde que gateaba, y siempre nos ha preguntado por todo, sus interrogantes muchas veces nos han dejado muy gratamente sorprendidos, y nunca hemos dudado de su gran capacidad intelectual. Así que decidimos responder a su pedido.

Las notas que nos traía a casa eran visiblemente disparejas. Es decir, en un mismo curso, y esto ocurría en cada uno, traía tanto sobresalientes como desaprobados. Y era algo que no entendía. En esta etapa yo estaba sin trabajo, así que cada tarde me sentaba con él a ayudarlo con las tareas, para mí era un calvario. El que él pudiera hacer la tarea de una página, fácil nos significaba dos horas de tira y afloja. Comenzaba a traer a casa, los viernes, las tareas que no podía terminar durante las horas de clase semanales, los fines de semana comenzaron a ser tediosos, y sobre todo ya no eran de relajo sino de estrés total. Ya no podíamos planear salir todo el día, sino tan solo un rato, porque el que se ponga al día significaba muchas horas de estar sentados con sus tareas. La dinámica era muy difícil, los cambios de humor terribles, teníamos que turnarnos con mi marido porque uno solo no podía con todo, además estaba el menor de nuestros hijos que se veía como parte de todo este sacrificio, ya que él tampoco podía disfrutar al igual que nosotros. Era realmente incontenible. Me daba cuenta de que el hecho de llevarlo a la terapia de lecto-escritura no era la solución, a la terapeuta le pregunté si era necesaria una evaluación neurológica y me la descartó de plano. Mi sabia intuición me decía que lo que estaba haciendo no era del todo correcto y que debía de buscar alguna respuesta adicional, porque no entendía cómo una profesional trabajaba con un niño solo desde ella misma, sin acudir a su profesora, sin darme herramientas para que yo pueda trabajar con mi hijo, quizás la única que necesitaba de esa herramienta y apoyo era yo, así que seguí en la búsqueda.

Decidí entrar a la web para ver qué era lo adecuado o qué metodologías se utilizaban para la desatención. Y de esa manera me encontré con la página del APDA, tomé contacto telefónico con dos de las terapeutas que allí indican, y ante mi angustia, me escucharon todo el rollo. Ambas me dijeron que no me apareciera en sus consultas sin la evaluación de un neurólogo experto, fue así como empezamos nuestro camino hacia nuestra salud familiar.

Y por qué digo hacia nuestra salud familiar, porque pienso que desde aquel día, en el que se le diagnosticó TDAH, todo fue distinto. Primero, porque sentimos gran alivio de encontrar una respuesta a todo lo que venía sufriendo silenciosamente, porque había un camino de esperanza, de que todo el malestar, que ya era familiar, podía ser mejorado, aunque no del todo revertido, porque la información que recibimos y que debíamos seguir buscando nos otorgaba tantas herramientas para poder seguir viviendo con una óptima calidad de vida.

Con el tratamiento medicamentoso, al sétimo día, notamos que nuestro hijo había estado sufriendo mucho más que lo que habíamos estado sospechando. Cuando se dio cuenta de que podía hacer su tarea en un período de tiempo normal, sin complicaciones ni frustraciones, nos preguntó ¿qué está pasando?, ¿por qué hoy puedo hacerlo todo y bien? Y cuando le hablamos de que la pastilla que estaba tomando contribuía a esto, simplemente nos abrazó lleno de alegría y nos dijo “Así sí vale la pena vivir”.

Ya lleva tres meses de tratamiento y las mejorías van en incremento. No solo en el rendimiento escolar, sino en el cambio de su comportamiento. Hemos dicho adiós a los repentinos cambios de humor, a las negativas a todo, hasta la negatividad al rechazo que él sentía por parte de sus amigos, al entusiasmo que demuestra por todo, no solo por hacer las tareas, ahora regreso de la oficina y ya las tiene hechas (un sueño). También se refleja en su relación con el hermano, con nosotros, ya no tenemos que pensar cómo debemos decirle algo para evitarnos todo un esfuerzo adicional emocional y ya hay tiempo para cosas triviales. Nos damos cuenta de lo acostumbrados que estábamos a su antigua forma de comportarse.

Además de esto no solo nos damos cuenta nosotros, sus profesoras no hacen otra cosa que felicitarlo. Las anotaciones de llamadas de atención se han convertido en continuas felicitaciones. Al punto tal que el otro día me ha llamado una mamá, a sugerencia de la profesora no sensibilizada en este tema, a quien decidí no abordar porque solo se limitaba a enseñar inglés, y a quien abordamos al principio, cuando aún no tenía el diagnóstico del TDAH, para preguntarme qué había pasado con mi hijo, para poder hacerlo con el suyo.

Su profesora nos escribió, trascripción literal: “ … ha mejorado notablemente, si lo vieran, es otra persona, ahora acaba sus trabajos sin estar acompañándolo todo el tiempo, se concentra más y ya no le cuesta tanto entender las indicaciones, muchas veces lo dejo solo y me responde bien. Sé que es un largo proceso pero veo mejoras y me hace muy feliz. Continuemos trabajando juntos y lograremos nuestro objetivo”.

Ahora tenemos a un niño muy motivado, competitivo, cosa que nunca le había importado, y en este tema es increíble porque nosotros no teníamos idea del sistema de recompensas que se empleaba en la clase para motivar a los niños. Ahora nos trae los pantalones rotos, cuando iba al colegio y veía los uniformes parchados de los otros niños, me daba cuenta que mi hijo era muy tranquilo, craso error!!!!! Era que no jugaba, se auto-excluía, en tres meses he tenido que comprar un par de pantalones más, esto nunca había sucedido antes. Su nivel de socialización ha mejorado mucho, claro nunca llegará a ser el más simpático ni mucho menos, pero no se sentirá excluido y al contrario será uno más y no el diferente.

Lo mejor de todo es que nos hemos dado cuenta de que no estamos solos en todo este proceso, que en nuestro andar nos hemos encontrado con muchas personas que no conocen del tema del TDAH al igual que nosotros. Pero que a pesar de ello, y con nuestra sensibilización, han demostrado gran interés por ayudar a los demás, y me refiero en especial a las profesoras del colegio, muy inquietas por profundizar el tema, a otras mamás que padecen con sus hijos sobre los mismos temas, y que todos juntos podemos ayudar a otras personas a obtener una mejor calidad de vida. Estamos muy conscientes, nosotros como padres, y nuestro hijo como TDAH que no todo está hecho, que no debemos bajar la guardia y más bien nuestro trabajo es interminable, pero que los frutos los cosechamos día a día, con una sonrisa, con compartir los pequeños logros, y el involucramiento en un trabajo conjunto. He de decir que el taller de coaching del APDA al que decidí asistir ha sido de gran ayuda, no solo por recibir mucha más información sobre el tema, y sobre la forma de conducir al niño, sino porque además es un espacio de entendimiento con las participantes, en el que podemos hablar abiertamente y ser totalmente comprendidas, en el que cada día nos llevábamos con nosotras tranquilidad, sosiego y sobre todo mucho conocimiento. La realidad es que después de siete años de andar dando tropezones, obtuvimos muchas respuestas en una consulta con el neurólogo.

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Testimonio aparecido en el boletín electrónico nº 13 del APDA, del 18 de septiembre del 2006.

Dos reflexiones sobre el TDAH

Reflexión de una profesional interesada en el tema del TDAH:
La experiencia de los padres es increíble, cada uno guarda anécdotas que provocan carcajadas, lágrimas y millones de sentimientos: algunos de ellos encontrados.

Este ensayo nace de observar muy de cerca la experiencia de un grupo de mamás que corrieron la maratón del TDAH. Cada una de ellas con una historia diferente, alguna con TDAH, incluso medicada.

Estas mamás tienen mucho en común, pero en especial comparten el que sus hijos tengan TDAH, esto las une como amigas, pero sobre todo las ayuda a ser mejores, las motiva a empezar cada día y a esforzarse al máximo para llegar a la meta: que sus hijos sean felices.

La historia de cada una permitiría escribir largos testimonios, no solo por los logros alcanzados con sus hijos y sus familias sino también por los recuerdos de niñez de algunas de ellas. Al escucharlas contar sus experiencias, queda muy claro que después de mucho andar cada una encontró sus muletas y creo sus estrategias, y que hoy en día están dispuestas a dar lo mejor de sí para que sus hijos no vivan las experiencias negativas que ellas pasaron algunos años atrás cuando sobre el TDAH se conocía poco. Cada una demuestra fuerza, ganas e intenciones por generar cambios, cambios que permitan a sus hijos no ser tildados de tontos, vagos o flojos, y los apoyen en demostrar sus habilidades y capacidades.

Se dice que las personas que quieren hacer cambios son rechazadas, probablemente este grupo de mamás sea poco comprendido y tenga que enfrentar no solo las dificultades que acompañan el tener un hijo con TDAH, sino también, las trabas que ponen los que no conocen del tema, ya sea por desinformación o por negligencia, en el caso de los profesionales. Pero a pesar de todo, es un hecho que los hijos de estas mamás van a alcanzar la meta, efectivamente sacarán el máximo provecho a la condición de tener TDAH y serán felices.

Si algo tienen muy claro estás mamás es que han aprendido a ayudar a sus hijos a gestarse un mejor futuro. Si algo queda claro después de escucharlas conversar es que las mamás involucradas pueden obtener logros increíbles. Esto nos deja con algunas interrogantes a meditar ¿estamos todos tan involucrados como este grupo de madres?,  ¿qué más podemos hacer por estos chicos?, ¿los profesionales con los que trabajamos están realmente informados sobre el TDAH?, ¿estamos informándonos nosotros mismos cada día más sobre este tema?

Reflexión de una mamá:
No quiero que este testimonio sea como todos los demás, no quiero contar la historia de mi hijo porque no creo que eso sirva más de lo que algunas pautas de madre podrían ayudarles. He pasado por esto y no estoy de salida aún pero creo que he recorrido el camino más que muchas mamás y he pasado por momentos de confusión, dolor y ansiedad tanto como muchas también. Pero hay algo más que logré mediante las terapias a las que asisití y a tantos profesionales que visité y una de ellas y la más importante es saber a ciencia cierta que hay luz al final del camino, que llegará un momento que puedan decir “meta cumplida”. No es tarea fácil y requiere muchísimo esfuerzo pero creo que el amor nos alcanza. Quiero contarles mi experiencia de reunirme con otras madres de niños con TDAH. Me encontré con la ansiedad hecha mujer en cada una de las mamis que conocí y me vi en un espejo. Fue muy duro y muy frustante, y yo sin poder ayudar. Por eso decidí escribir esto para ustedes.

Buscar ayuda es el primer paso, pero no para sus hijos, búsquenla para ustedes. Si creen que lo tienen claro (que nunca es cierto) busquen un profesor de yoga o un personal trainer porque lo van a necesitar para desahogar la energía acumulada. En segundo lugar, es importante contar con los profesionales competentes (esto implica indagar mucho sobre el profesional y los comentarios de otras mamis sirven de mucho, busquen mamis que hayan logrado resultados). Una vez que hayan logrado esto ya tienen el 50 % del camino recorrido. Ahora falta el trabajo en sí. Es importante hacer un proyecto, un plan de trabajo: qué quiero lograr con mi hijo en esta etapa (todos queremos hijos en la NASA pero seamos realistas), en segundo lugar, cómo lograrlo en corto tiempo (metas a largo plazo no funcionan) y por ello es necesario hacer ajustes importantes en casa, y esto implica cambios de conducta con sus respectivos premios y castigos, asignación de tareas y responsabildiades, horarios muy estrictos y rutina (parece aburrido pero funciona) y diálogo contante con sus hijos sobre cambios en el plan de trabajo. Es importante que en todo equipo de trabajo exista un líder, un jefe de grupo, y por eso el más capacitado/informado/el que tiene más tiempo debe asumir esta responsabildiad y los demás deben asumir sus roles también. Todos deben engranar para que la máquina funcione y cada uno de los componentes aporte algo importante.

Ayuden a sus esposos/maridos/amantes a entenderlas y apoyarlas. Los cambios a los que me refiero no implican otra cosa más que ajustes y condiciones pactadas entre los padres y los hijos debido a los buenos rendimientos. Recuerden que todo cambio puede ser duro al principio pero el éxito lo grarantiza la continuidad. No verán resultados si no se mantienen firmes en lo que desean lograr. Es importante que estos cambios sean por etapas y una vez logrados busquen otro reto que lograr junto con sus hijos. La organización en estos chicos es fundamental, si esto es el reto ayúdenlos a lograrlo, existen mucho material que está disponible para ayudarlas a hacerlo y esto les ayudará a convertirse en mujeres organizadas también. El diálogo con sus hijos es fundamental porque para hacer cambios y ajustes ambas partes deben negociar también. Hablen más con sus hijos, tomen un helado o simplemente caminen y hablen con ellos… pero si necesitan desfogar su estrés busquen a su personal trainer o su entrandor de yoga y háganlo con él.

Despues de seis años trabajando con mi hijo en equipo hemos logrado cosas que nunca me imaginé lograríamos juntos. Parece un cliché pero es cierto, he aprendido mucho como mamá y he crecido mucho como persona gracias a él. Tenemos un codigo de vida: EERC que quiero compratir con ustedes y  significa “Estudioso, Educado, Responsable y Caballero”. La valla nunca debe ser baja.

El otro día escuché una palabras de Churchill que decían “el éxito no es más que la continua sucesión de fracasos y fracasos sin perder el entusiasmo”. Todo se puede porque el amor nos alcanza…

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Testimonio aparecido en el boletín electrónico n.º 14 del APDA, del 22 de diciembre del 2006.

Experiencia profesional con el TDAH

Lic. Virginia Bákula

Todavía recuerdo haber utilizado el término Disfunción Cerebral Mínima, para explicar los motivos por los cuales algunos niños presentaban conductas que trastocaban la tranquilidad, tanto en el aula como en la casa: se trataba de niños “desobedientes, impulsivos, desatentos, inquietos, además de flojos, irresponsables, olvidadizos,” etc.

Hoy en día  utilizamos el término TDA con o sin H, lo que no solamente suena mejor y es más comprensible, sino que facilita el decirles a los padres y maestros que la conducta a la que se refieren cuando describen lo que hacen sus hijos o alumnos  tiene una explicación…y lo más importante es que comprendan que no es “¡porque el chico no se esfuerza…!”.

Reflexionando sobre el tema, me di cuenta de que había tres aspectos que se tenían que enfrentar cuando el “caso” llegaba a nuestras manos:

El diagnóstico preliminar es lo que nos permite hacernos la siguiente pregunta: ¿Tiene este niño (1) TDA, con o sin H, o combinado?

Es necesario explicar e informar a padres y maestros acerca del TDAH.

Hay acciones que se deben tomar

1. Para el diagnóstico preliminar necesitamos información
a. Información dada por los profesores.
b. Información acerca de la historia del desempeño escolar del niño desde que se inicia; esto incluye notas, comentarios, citas, etc.
c. Información dada por los padres incluyendo la Historia Clínica: desde el embarazo a la actualidad. La Historia Familiar de los padres nos aporta datos importantes.

a. Información dada por los profesores
El niño es referido generalmente por el maestro, pues los padres se van acostumbrando a que su hijo sea inquieto, duerma poco, no se canse nunca y los tenga al borde del agotamiento perpetuo.

Si se trabaja en el centro escolar y se puede observar la conducta del niño, puede ser de gran ayuda… pero hoy, los profesionales se remiten a la información dada por profesionales; es decir, se les pide a dos profesores que llenen un inventario, contestando una serie de preguntas relacionadas con conductas que pudieran haber observado en el último mes, especificando si se presentan con mucha frecuencia, con bastante frecuencia, pocas veces o nunca. Por ejemplo: “se levanta de su asiento en la clase“, “no termina las cosas que empieza”.

Esto nos permite identificar si están presentes o no los criterios diagnósticos del DSM-IV para poder recomendar una visita al neurólogo. Con este tipo de cuestionarios se evitan las explicaciones subjetivas o el hacer referencia a causas que no podemos comprobar. Está claro entonces, que lo que se quiere identificar es LA CONDUCTA, si esta se presenta o no, con qué  frecuencia y si perturba el desarrollo de la clase. No hay forma de que se puedan  dar explicaciones  por las  que se presenta la conducta.

b. Información acerca de la historia del desempeño escolar
Si se tiene acceso a las libretas de notas del niño, a los cuadernos de trabajo o a la agenda donde los maestros hayan hecho anotaciones, tendremos una valiosa descripción de conductas y de acciones tomadas (recomiendo la Escala de Calificación Conners para Maestros-Revisada (L). En algunos casos los especialistas envían un cuestionario para que los llenen los profesores).

c. Información dada por los padres
Cuando se cita a los padres para informarles acerca de los problemas que están presentando sus hijos, podemos  tener delante a varios tipos de padres: escépticos o receptivos, difíciles o agradecidos, ansiosos o calmados. Sea cual fuera su postura merecen todo nuestro respeto y debemos demostrarles que somos capaces de ponernos en su lugar para que nos vean como aliados y como mediadores. Es común ver durante la entrevista que hay una especie de competencia entre los padres: quién es más bueno y quién comete más errores, quién es la causa y quién podría poner fin al problema si  lo dejaran. En este caso se procede a aplicar un inventario de conductas (la Escala de Calificación Conners para Padres-Revisada L) —uno para el padre y otro para la madre—, de este modo se evita que se hagan juicios de valor o se busque de qué o de quién depende lo que pasa con el niño.

Es posible que nos demos cuenta —de acuerdo a las características de cada padre— de que se encuentren diferencias en el “puntaje“ que se le da a un ítem. Y muchas veces el puntaje  de “pocas veces” o “no se presenta”, lo da el padre o madre que es demasiado “elástico” o permisivo y que, cuando hacemos la Historia Clínica, resulta que de niño tuvo problemas, que lo cambiaron de colegio o era el más movido de todos, por lo que no considera que levantarse, interrumpir, ser impulsivo, sea un problema…“porque con el tiempo todo se arregla… lo que pasa es que no le tienen paciencia… en la casa no hay problema (pero tampoco hay mucha organización)… a mí no me molesta que sea así, yo era así y ahora estoy bien… sí, es verdad, repetí en primaria… también en la universidad me costó al principio y jalé un par de ciclos… pero era por ocioso… no me gusta leer, me distraigo y me aburre…”. De ahí la importancia de una Historia Familiar detallada y  conocer el estilo de crianza que prima en la casa.

Luego de evaluar las respuestas dadas por ambos padres, pasamos a explicar qué es lo que hemos encontrado en la información dada por el profesor y que hay coincidencia  en muchos puntos con la que ellos nos han dado, concluyendo que lo recomendable sería acudir donde un especialista, es decir un neurólogo, que puede corroborar nuestra presunción diagnóstica.

2. Explicar e informar a padres y maestros acerca del TDAH
Explicar a los padres qué es el TDAH, puede ser  más o menos difícil y dependiendo de cuánta  información previa tengan, es frecuente que digan: “pero nada de pastillas porque me han dicho que los pone sonsos”. Podemos también encontrarnos con creencias muy arraigadas relacionadas con explicaciones con poca o ninguna base científica. Lo que tenemos que lograr es que se interesen en buscar la mayor cantidad de información y orientarlos en la búsqueda de una que sea adecuada.

El libro que  acaba de publicar el Dr. Armando Filomeno: El Niño con Déficit de Atención o Hiperactividad: cómo pasar del fracaso al éxito (2) es muy fácil de leer y responde a  los interrogantes que pudieran plantearse los padres del niño, acerca de lo que es el TDAH, cómo se diagnostica, qué tratamientos son los que están demostrando efectividad, qué efectos secundarios puede tener la medicación, qué pueden esperar en cuanto a la evolución del trastorno, etc.; pero, sobre todo, permite tener un mejor conocimiento del problema, lo que lo vuelve más manejable para los padres porque son capaces de comprender la naturaleza del trastorno.

Otra fuente importante de información es el Boletín electrónico del APDA (Asociación Peruana de Déficit de Atención). También se les puede recomendar que lean los libros de psicólogos  expertos en el tema como el de Barkley (3) o el de Brown (4). En cuanto los padres entienden que un funcionamiento inadecuado de los neurotransmisores afecta “la función ejecutiva” del individuo, todas las conductas  que son problemáticas van encontrando un por qué. Cuando les explico en qué consiste esta “función ejecutiva”, poniendo delante de ellos el libro de Brown abierto en la página en la que este autor explica en qué consiste (5), les pregunto si les gustaría que su hijo haga o sea:

· “Organizado…  que no tengan TODOS los días que decirle que HAGA la tarea”.
· “Que haga lo que tiene que hacer primero, que es cambiarse, comer y luego hacer las tareas… y sólo después, jugar”
· “Que se siente tranquilo… y TERMINE ¡sin que tengan que estar diciéndole que no se mueva hasta que no acabe!”
· “Que haga las cosas con más ganas… porque se toma un tiempo enorme en acabar lo que está haciendo”
· “Que no se moleste por todo…¡siempre está fastidiado… no tolera nada!”
· “¡¡¡No tener que repetirle lo mismo todo el tiempo!!!, porque si no le dicen parece como si fuera la primera vez que está haciendo eso”
·  “¡¡¡Que se acuerde de las cosas!!!”
· “Que termine lo que empieza”
· “Que haga una cosa a la vez… y bien hecha”
· “Que no sea pleitista… y demandante“
· “¡¡¡¡¡¡Que NO interrumpa !!!!!!”
· “Que empiece a hacer las cosas por sí mismo, sin que nadie lo supervise… se le pasa el tiempo sin hacer lo que debe”
· “Que sea un niño feliz y satisfecho con sus logros”
· ¡… y muchos etcétera más!

La respuesta —a las preguntas precedentes— es, por supuesto, un SÍ rotundo!

Muchas veces después de plantearles “lo que podría ser el niño ideal”, les digo que lo perfecto no existe, pero que el problema de su hijo está descrito “aquí”, ya que el TDAH afecta la capacidad de poner en marcha todas aquellas funciones que se relacionan con  la capacidad de “activarse”, es decir, dar inicio a una acción, sabiendo por dónde comenzar; concentrarse en una tarea y mantener el esfuerzo; regular su capacidad de procesamiento; ser más tolerantes a la frustración y por lo tanto emocionalmente equilibrados; tener capacidad de utilizar su memoria de trabajo, que es el cómo se hace algo, recordando los procedimientos o retener lo que se acaba de leer; y por último, ser capaces de manejar su vida, de inhibir conductas e impulsos y de empezar a ser autónomos, asumiendo sus responsabilidades de acuerdo a lo que corresponde a cada edad.

Comprender esto es fundamental, pues se tiene que entender que NO ES QUE EL NIÑO NO QUIERA, es que NO PUEDE… y que necesita ayuda.

Muchas veces un niño que no ha sido atendido por el TDAH, termina siendo atendido por  los efectos emocionales que van apareciendo al sentirse rechazado, con la consiguiente baja autoestima, abandono del esfuerzo, dificultad para fijarse metas y cumplirlas e incapacidad de satisfacer las expectativas de sus padres y de las personas importantes para ellos.

3. Acciones que se deben tomar
El paso siguiente es orientar a los padres en la búsqueda de una solución, con un “nada se pierde intentándolo…”, y esto significa referirlos a un neurólogo experto en el tema.

Después se verá, dependiendo de cada caso, qué otra ayuda necesita el niño, por eso el trabajo multidisciplinario es muy importante ya que el tema no se resuelve solamente con la medicación, sino que en la casa se deben dar cambios  en el manejo de la conducta del niño con TDAH: los padres tiene que aprender mucho acerca de qué deben o no deben hacer, cómo establecer y hacer cumplir normas.

Muchas veces es necesario que el niño reciba terapia conductual, en la que participen los padres y los maestros. Los padres deben “aprender” cómo criar o educar a su hijo, cómo lograr que modifique ciertas conductas, cómo usar el refuerzo positivo (dar) o negativo (quitar).

Siempre insisto en que lo mejor que los padres pueden hacer para ayudar a su hijo es, primero que nada, buscar información, pero que sea bien fundamentada, que no se dejen llevar por rumores, ni que esperen que todas las personas que están a su alrededor vayan a apoyar sus decisiones, como la de dar medicación si deciden hacerlo.

A los maestros  también hay que orientarlos en la forma de relacionarse con los niños que tienen TDAH, pues estos niños, más que críticas necesitan comprensión, confianza, reconocimiento, apoyo y mucho cariño, trabajando junto con los padres buscando orientación de los  especialistas en el manejo conductual.

El folleto que ha publicado APDA es muy útil para los maestros pues explica bien en qué consiste el TDAH, además de dar pautas para manejar al niño en el aula (6).

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Virginia Bákula de Idiáquez es una reconocida psicóloga educacional. Correo electrónico: vbakula@terra.com.peEsta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla

Artículo aparecido en el boletín electrónico n.º 15 del APDA, del 25 de marzo del 2007.

Referencias:
(1) En este artículo las palabras niño, maestro, etc. comprenden ambos géneros.
(2) Armando Filomeno. El Niño con Déficit de Atención o Hiperactividad: cómo pasar del fracaso al éxito. Lima:
Centro Editorial de la Universidad Peruana Cayetano Heredia, 2006.
(3) Russell A. Barkley. Taking Charge of ADHD. New York: Guilford Press, 2000 (Niños hiperactivos. Barcelona: Paidós, 2002).
(4) Thomas E. Brown. Attention Deficit Disorder. The Unfocused Mind in Children and Adults. London: The Yale University Press, 2005.
(5) Ídem p. 22.
(6) Beatriz Duda y otros. Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad. Estrategias para el aula. Lima: Asociación Peruana de Déficit de Atención, 2006.

Compartiendo mi historia

Deseo compartir mi historia para que de alguna manera, hoy, algunas madres primerizas puedan sentirse mejor y no sufrir y padecer lo que yo viví. Me casé joven y muy enamorada.  Salí embarazada a los diez meses de casada. Fue un embarazo deseado y planeado. Yo era un ser deseoso de procrear, dar afecto, de proteger, de gran instinto maternal. Soñaba con tener a mi hijo en brazos, pensaba que iba a ser perfecto, buen estudiante, una maravillosa alegría y compañía. No resultó como lo imaginé.

Mi hijo nació de parto normal y sin ninguna complicación, solo presentaba bajo peso. Gracias a Dios, al mes duplicó su peso, pero siempre fue muy delgadito lo cual le daba mucha agilidad. Le di de lactar seis meses y fue un niño muy sano, pero… se movía como culebra. Nunca estaba quieto, a los seis meses gateaba por todos lados, a los diez meses se paraba, a los once caminaba y hasta corría.

Por querer ser la mejor madre del mundo, sobre estimulaba a mi hijo, lo llevaba a todos lados, le hablaba de muchas cosas, tenía los mejores juguetes, rompecabezas, juegos didácticos, etc. Jamás le faltó nada. Ahora entiendo cuántos errores cometí. Ni mi esposo ni yo podíamos mantenernos firme ante sus requerimientos, nuestro hijo violaba rápidamente los límites, parecía una locomotora.

Ya se imaginan mi desesperación, tenía que corretearlo por todos lados. Cuando lo paseaba en coche se aventaba de el. No había zapato que aguantara, tenía que bañarlo hasta tres veces al día porque terminaba muy sucio. Las horas con él se hacían eternas. Al año ya dormía en cama y ya no usaba pañales de día. Eso sí, de noche dormía como un angelito. Cuando fue al nido a los dos años y ocho meses, le costó más de un mes adaptarse. Como yo siempre estaba a su lado, dándole mucha sobreprotección, por lo movido e inquieto que era, fue difícil para él adaptarse a no estar conmigo. Siempre estaba al tanto de lo que le pasaba a mi hijo, las profesoras me decían que era un niño sumamente inteligente y hábil, pero distraído y que le gustaba molestar a sus compañeros. De pequeño era muy pegado a mí, recuerdo mucho los cumpleaños infantiles, todos los niños tranquilos viendo el show y yo correteándolo embarrada de gelatina, dulces y sudada.

En sus primeros años de colegio el problema se agudizó, no obedecía a sus profesoras, tenía falta de atención y concentración. Y como era de esperar, nivelaciones por todos lados: de matemática, de lenguaje y de inglés. Yo me preguntaba: ¿no decían que era muy inteligente?, ¿no decían que es  propio de la edad?, ¿cuándo va a pasar? Y…, nunca pasó.

La relación con mi esposo comenzó a deteriorarse, pese a que nos amábamos muchísimo, pero la tensión en la cual vivíamos a causa de nuestro hijo, no nos permitía tener tranquilidad y felicidad y un momento para estar solos. Pensamos que un hermanito le iba a ser mucho bien, pero el hermanito nunca llegó. Me realicé algunas pruebas y mi esposo también, el médico nos dijo que sólo era tensión y efectivamente, vivíamos nerviosos y  alterados. Nos sentíamos impotentes, eran momentos de zozobra, teníamos que recuperar la posición perdida en cuanto a límites.

Como no encontraba ninguna solución y tenía que librar esa batalla, decidí llevarlo a una psicóloga. Asistí dos veces por semana por casi un año. Le realizó una evaluación integral de inteligencia y personalidad. En el informe arrojaba que las actitudes sobre protectoras y sobre indulgentes alimentaban en mi hijo la idea de que los límites y las exigencias constituían una retirada de afecto. Me sugirió afecto y calidez junto con firmeza ante las exigencias para permitirle madurar socialmente y poder adecuarse progresivamente a las nuevas exigencias de su entorno. Pero no vi cambios en mi hijo y me decían: ya va a pasar, es por la edad. Era un niño  indomable.

No contenta con eso, por mi propia cuenta decidí llevarlo donde un neurólogo, pero no era un neurólogo pediatra. Le realizó una electroencefalografía y en la conclusión decía:“Registro espontáneo dentro de límites normales, teniendo en consideración la edad, ligeramente sensible a la hiperventilación.”  Recuerdo perfectamente las palabras del doctor:“Señora eso es todo lo que puedo hacer por su hijo, le recomiendo que lo lleve donde la Dra. X, es psiquiatra, ella la puede ayudar”. Lo llevé y ni bien la doctora lo vio, mi hijo le hizo una serie de piruetas, chistes, le desordenó todo lo que encontró en su consultorio, le tocó la cabeza, la despeinó etc. La respuesta fue:“Su hijo es un niño hiperactivo y necesita medicación”. Salí llorando del consultorio, destrozada, confusa, con miedo, aterrorizada y culpable. Le suministré  Ritalin   por un período de un año. Ese año mejoró tremendamente en el colegio y en la casa era más que terrible. Nunca les informé a las profesoras porque pensaba que iban a ver a mi hijo como un niño raro. Gran error.

Realmente la desinformación era grande. Busqué libros y artículos sobre el tema, pero la información nunca era completa. Y así transcurrieron sus primeros años escolares, mi relación matrimonial se deterioró y en cuarto grado, el año que me separé de mi esposo, mi hijo repitió de grado. A partir de su repitencia, con el paso del tiempo, logró hacerse más maduro y canalizó todas sus energías en el deporte. El deporte fue la solución. Fue la calma que le sigue a la tormenta.

Hoy, está pronto a terminar la secundaria, es un muchacho sumamente deportista, jovial, encantador, alegre, muy persuasivo, siempre convence a la gente de lo que quiere. No es un buen estudiante, le cuesta mucho sentarse a estudiar, sigue inquieto, pero cuando algo le apasiona puede estar horas concentrado en lo que hace, es muy amiguero y querido por todos. Es un chico que irradia luz propia, es exigente con su cuidado personal, un poco narcisista y egoísta, pero es el ser que más amo y el que más me hizo padecer, cargando un peso demasiado grande.

Estoy convencida que ahora se les da más importancia a los niños que presentan hiperactividad y problemas de atención y concentración, los padres reciben apoyo y el problema puede atacarse desde el principio y no como mi caso, que maestras y  psicólogas me decían la palabrita que aún resuena en mis oídos: “Ya va a  pasar, es propio de la edad.”

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Testimonio aparecido en el boletín electrónico del APDA del 10 de septiembre del 2007

De la madre de un adolescente de 14 años

Soy madre de un varón de 14 años diagnosticado con TDAH sin hiperactividad. Mi hijo nació un mes antes de la fecha prevista, tenía placenta previa y pesó 2 K 100gr; es el segundo de dos hijos.

Casi no durmió durante los tres primeros años y sus llantos eran interminables. Me di cuenta de que algo andaba mal cuando no podía aprender los nombres de nuestros padres y hermanos, teléfono y dirección de la casa. El primer día de nido, cuando lo fui a recoger no quiso salir, la pataleta fue tal, que las profesoras se asustaron. Mi hijo demoró en entender que vendría todos los días. No sabía compartir juguetes, lápices y lloraba por todo. En esta etapa tenía tres años, sus llantos nocturnos descontrolados empezaron a crear secuelas en nuestro entorno familiar, mi hija empezó a levantarse por las noches y las discusiones con mi marido tuvieron su momento más intenso.

Cuando debía entrar al colegio, las profesoras del nido encararon mal el problema, no me dijeron que no estaba maduro para el colegio; si me hubieran dicho que era inmaduro yo lo hubiera entendido y hubiera esperado un año más. Debo resaltar aquí que los conocimientos del TDAH no eran tantos como ahora.

En el colegio le costó aprender las letras y los números, de ahí su problema de lecto-escritura. Él no podía transcribir de la pizarra al cuaderno o del libro al cuaderno sin perderse en las líneas, lo que hacía muy tedioso y lento su trabajo. El problema de memoria en cuanto a tareas era notorio, lo que hacía parecer que era flojo. Yo hubiera querido que repitiera el primer grado, pero las profesoras con sus temores de estima personal no me ayudaron. Mi hijo que tenía problemas de memoria no se hubiera dado cuenta, hubiera creído que estaba en otra clase.

Aquí empezamos el largo camino de evaluaciones y terapias. La evaluación demostró que era un chico con inteligencia superior, con altibajos. Los psicólogos fueron como cuatro y el último de ellos, recuerdo que me dijo: “Yo prefiero a los normalitos y no tan inteligentes”. Por supuesto no entendí en aquel momento a qué se refería, lo entendería más adelante.

Mi hijo asistió a las terapias siempre de buena gana, nunca se quejó y cada vez que yo preguntaba cómo se comportaba, todo el mundo me decía que bien. Ha tenido diferentes psicólogos, quiero mencionar que todos aportaron algo, pero con el tiempo lamentablemente creo que se quedaron en tratar de saber qué es lo que pasa internamente y realmente no les pasa mucho; estos niños son manipuladores, te cuentan los cuentos como tú quieres escucharlos, mienten porque al final no recuerdan bien cómo fue todo el problema, y algo que tienen es que ellos NUNCA tienen la culpa de nada, son difíciles de enfrentar.

En cuarto grado, la diferencia de madurez con los amigos era notoria y con gran fortaleza decidí enfrentarme a las profesoras, director y a mi marido para que repitiera. Él ya no podía más, era el típico niño sentado atrás que no molesta, no hacía las tareas y estaba mirando al techo, al cielo o por la ventana totalmente distraído; y como no molesta en clase los profesores no lo tomaban en cuenta. Ese año conseguí que repitiera. Su estima personal estaba totalmente en el suelo, a pesar que el psicólogo dijera todo lo contrario. Ése fue, a pesar de todo el cambio, el mejor año que tuvo y respondió bien, pero también creyó que sabía todo y así no era. Durante estos años yo lo ayudaba con las tareas. En el medio tuvimos este psicólogo que me dio algunas pautas para solucionar un problema con la hermana mayor (quiero hacer una reseña aquí, la hermana tiene excelentes notas, están en el mismo colegio y su ansiedad porque ella lo note es impresionante); su consejo fue bueno y lo seguí. El psicólogo solo supo decirme que mi hijo era inmaduro, algo aniñado y medio tontito (por el comentario de una amiga sobre mi hijo, me alertó que los privilegios paciente-doctor habían sido vulnerados). Lo dejé porque sentí que no había progresos. El problema de mi hijo al no tener hiperactividad, no pegarles a los amigos o no agarrar todas las cosas que estén a su alcance lo hacen dócil para las sesiones de psicología.

Cuando cumplió trece años, decidí volverlo a evaluar porque ahora iba a empezar la etapa de la adolescencia tan temida y con estos chicos era difícil saber en qué andábamos y qué era lo que íbamos a hacer, entonces buscamos una orientación. Para este entonces yo ya tenía la ayuda de un neurólogo pediatra y estaba medicado. Esto empezó desde los 6 años, dosis pequeñas y luego de acuerdo a las indicadas por el médico tratante de acuerdo a peso, tamaño y comportamiento.

Mientras que yo lo ayudaba con las tareas los pleitos eran cada vez más grandes y su rechazo también. Tuve que empezar a trabajar por mi salud mental y decidimos ponerle un tutor por consejo del médico neurólogo, para que nuestros pleitos disminuyeran y la relación madre-hijo no se deteriorara más. Me recomendaron un chico súper trome de 20 años que estudiaba en la universidad, era alto, pantalones ranger, polo y sweater; me sorprendí de verlo al principio, tan acostumbrada a las profesoras y terapistas que había tenido. Le expliqué lo que necesitaba, él sabía bastante y me dijo: “Voy a tratar de organizarlo, mirarle el horario, que lleve mejor sus cuadernos y enseñarle a hacer resúmenes”, le dije que me parecía bien porque mi hijo y yo habíamos llegado a un punto que no podíamos sentarnos a hacer nada, su rechazo era completo. La tutoría empezó y con este tutor joven mi hijo comenzó su nuevo proceso de organización. Le fue mejor, no quiero decir que tuvo excelentes notas sino que se sentía mejor, mi hijo siempre ha tenido problemas con tener los cuadernos al día y no hacer las tareas; oralmente es sobresaliente. La televisión y la computadora con los juegos pueden llamar su atención más que nada en este mundo.

Como será que una está tan cansada y atorada de ideas que no se da cuenta de ciertos detalles. Un día el tutor se me acerca y me dice: “¿Cómo puede saber qué cuaderno es de cada curso si todos tienen la misma pasta? Tu hijo abre su locker y lo que encuentra son ocho cuadernos todos iguales”. Yo ni siquiera me había dado cuenta de algo tan obvio y es porque las mamás estamos sumamente cansadas y cerradas. Sin embargo, este tutor estaba en la casa viendo las cosas que mi hijo usaba a diario; me dio algunos consejos y lo ayudó a organizar ciertas cosas y el hablar con un chico joven como él lo ayudó a tener diferentes puntos de vista. Tuvimos que prescindir de sus servicios porque él estaba terminando la universidad y disponía de poco tiempo extra.

Al siguiente año empezaron las terapias y sesiones con la psicóloga por el problema de cómo encarar la adolescencia que les comentaba anteriormente. En esta ocasión la evaluación arrojó que tenía altibajos y que era promedio. La psicóloga hablaba con él y así estuvimos hasta el primer bimestre, en el que obtuvo seis jalados en la libreta. Ante mi desesperación y el deseo de llegar a una conclusión con mi esposo decidí volver al tutor nuevamente. La reacción de la terapista fue muy buena, me dijo: “No ha dado resultado”. Sin embargo la psicóloga no quiso que terminara así no más las sesiones. Tuve que pensar cuidadosamente qué era lo mejor para mi hijo.

En esos días fui informada por una de ellas del problema suscitado por el malestar que le causaba mi hija mayor y un montón de problemas imaginarios en la cabeza de mi hijo. Al principio no lo entendí pero después me di cuenta de la manipulación tan grande que él había creado para poder terminar no haciendo las tareas porque era una pobre víctima de la hermana. Tuve que desmentir lo dicho por él a la terapista y psicóloga. Aquí es donde tenemos que tomar una decisión sobre las terapias o la tutoría, creo que las sesiones pueden y no ayudar a los niños. No tengo las respuestas a todo, pero si la psicóloga no habla con los padres de los niños no puede saber qué ocurre, ya que ellos crean sus propias historias de las cosas, siempre son las víctimas, no enfrentan los problemas y suelen mentir.

En el segundo bimestre con la tutoría solo tuvo dos jalados y levantó los demás cursos, él es un chico que pasa con 11 y 13 pero no le exigimos más…, solo que apruebe. Desde que dejó las terapias ha vuelto a ser el mismo, muchos amigos, cariñoso, hay que empujarlo mucho, le cuesta hacer las tareas, tiene gran sentido del humor, su lógica nos impresiona, tiene buena conducta en el colegio, es poco audaz y algo temeroso. Les sonará como dicho en desorden pero creo que así es su vida y así lo queremos.

Este es mi granito de arena para muchas mamás que tenemos que pasar por esto sin tener conocimientos del TDAH. Mamás que hemos escuchado comentarios de otras personas que nos han herido. Mamás que luchamos cada día para sacarlos adelante. Mamás que hemos escuchado que no se aprecia todo el esfuerzo que ponemos.

Mi consejo: darles mucho amor pero con disciplina clara; deben saber qué está bien y qué está mal. Mirar cada año cómo va; no pensar: ¿que será de él dentro de cinco años?

Y algo que siempre digo: él ha sido el gran estímulo de mi vida, siempre haciéndome investigar que más puedo hacer para ayudarlo y lo seguiré haciendo hasta que él camine por sus propios medios. El primer libro que me ayudó a entender mucho del TDAH fue El niño difícil de Stanley Turecki y Leslie Tonner.

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Artículo aparecido en el boletín n.º  17 del APDA, del 9 de diciembre del 2007.

De una madre que nos relata el avance de su hijo con TDAH

El otro día de compras en el supermercado no pude dejar de recordar cuando mi hijo —ahora de 14 años— era pequeño. Ahí estaba, un niño de 5 años moviéndose sin parar, alborotando a su madre y a la cajera, con una energía que parecía nunca acabar, saltando, agarrándolo  todo, desbordante en todos sus movimientos. La mami, dejaba entrever su amor y cansancio a la vez por su terremotito quien no le daba un minuto de respiro, salvo cuando éste dormía.

Sí, así era mi pequeño, hoy un joven destacado, inteligente, premiado en la escuela por sus altas calificaciones, responsable y buen amigo. El camino no fue fácil, sobre todo para él. Cuando tenía 4 años su maestra en el nido nos dijo que era necesario evaluarlo, luego de lo cual nos dijeron que tenía déficit de atención con hiperactividad. Ha estado en tratamiento desde esa edad, las terapias y posteriormente el Ritalin (recetado y controlado por su neurólogo), han sido parte de su vida desde entonces. Hemos contado con destacados profesionales, que nos brindaron la guía necesaria para apoyarlo durante todo este camino. Sin duda es una persona más sensible que muchos, que sus períodos de maduración a veces son distintos a los demás, pero ahora que veo todo en perspectiva, siento que valió el esfuerzo, y que seguirá valiéndolo. No fue fácil, muchas cosas que para los demás son sencillas, para él no lo fueron ni lo son, pero con amor y guía profesional adecuada, las cosas más difíciles son posibles.

Aún nos queda camino por recorrer. Ya no es el niño inquieto que fue. Esta entrando a la juventud con una excelente aptitud personal y académica, pero como padres sabemos que aún queda mucho camino por delante, y en ese empeño sólo le pedimos a Dios nos permita verlo llegar a ser un hombre satisfecho y feliz consigo mismo.

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Testimonio aparecido en el boletín electrónico nº 18 del APDA, del 31 de marzo del 2008.

De una mamá que nos cuenta cómo llegó al diagnóstico de su hijo

Cuando mi hijo tenía 9 años, las profesoras de su colegio  nos llamaron a su papá y a mí a una reunión y nos dijeron que no se concentraba en las clases, que su distracción era constante. La psicóloga del colegio también estuvo en la reunión y ante nuestra mirada perpleja nos recomendó que vayamos a una institución muy reconocida en nuestro país para que lo evaluaran.

Nosotros salimos muy asustados y ansiosos de esa reunión, no sabíamos de qué nos estaban hablando y temíamos por el desarrollo de nuestro hijo. Tomamos la decisión de seguir las indicaciones de la psicóloga del colegio, así que sacamos cita en la institución que ella mencionó.

Luego de varias citas en las que lo evaluaron, nos dijeron que nuestro hijo no tenía nada preocupante y que cada niño madura de distinta forma y en distinto tiempo, que ya llegaría el día en que él maduraría y que teníamos que tener paciencia. Nosotros nos quedamos más confundidos que antes, pues si las profesoras y la psicóloga del colegio habían notado que algo sucedía, ¿por qué estos profesionales no lo notaban?

Dejamos ahí la cosa, pero en el colegio nos seguían diciendo que nuestro hijo no rendía como debía y nosotros también lo notábamos en la casa cuando hacía sus tareas.

Felizmente, un día (ya habían pasado dos años) lo conversamos con un amigo y él nos recomendó a un especialista en estas dificultades. Gracias a Dios llegamos donde el neurólogo porque él lo evaluó y nos dijo que nuestro hijo tenía el trastorno de déficit de atención con hiperactividad. Nos explicó de qué se trata esto y nos mando a leer mucho. En esa cita también le recetó el medicamento Ritalin. Salimos de ahí pensando que por fin sabíamos lo que tenía nuestro hijito, aunque no lo entendíamos mucho.

Desde que comenzó a tomar el medicamento, en el colegio nos dijeron que estaba mejorando su atención y sus notas subieron. Lo más importante es que no solo ha mejorado en sus estudios, sino que ya tiene amigos, en la casa ya no pelea tanto. Su ánimo ha mejorado.

Nosotros como papás hemos leído mucho y yo he seguido un curso para aprender sobre este trastorno y sobre cómo apoyarlo en la casa.

Desde que nosotros hemos ido cambiando algunas formas de hablarle, él está más cariñoso, más tolerante y más responsable con sus estudios. También ha sido útil el tener normas muy precisas en la casa.

Yo ahora me siento una mamá más tranquila, serena y con mucha confianza de que mi hijo tendrá un futuro bueno, siendo responsable y siguiendo las consignas que se propone cada día.

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Testimonio aparecido en el boletín electrónico n.º 19 del APDA, del 21 de julio del 2008.