Testimonios

Testimonio de una profesional colombiana

Buen día, conocí el día de hoy su página y ha sido una experiencia muy emotiva. Mi primer acercamiento a la comprensión del Déficit de Atención fue durante mis estudios de pregrado en psicología. Poco a poco se me fue presentando como si fuera una caricatura de mi vida, siempre distraída, siempre olvidando cosas, siempre metida en mil cosas y terminando muy pocas, siempre creativa e inspirada pero tremendamente desordenada, siempre afanada, agotada, admirada por ser ingeniosa e inteligente pero regañada todo el tiempo por mis olvidos y descuidos que rayaban en lo ridículo.Terminé mi pregrado, mi especialización y maestría… pero la verdad a veces no me explico cómo… Mi facilidad para hablar en público me ha llevado a ser campeona nacional de oratoria y a dar clases en tres universidades. Mi manía de empezar muchas cosas al mismo tiempo me ha llevado a quedar mal con muchas personas, instituciones y conmigo misma.

Pocas personas logran comprender cuán difícil es vivir con el grado de distracción que sostengo continuamente, siempre con trabajo atrasado, siempre olvidando cosas, citas y responsabilidades; mil estrategias he iniciado y mil estrategias he abandonado. He puesto mi vida en peligro por mis descuidos y me gané un accidente de tránsito donde por fortuna la única lastimada fui yo.Mis amigos, mis estudiantes y compañeros de trabajo, ya saben como soy… nos reímos de mis descuidos, yo a veces río por no llorar, sé que la gente comienza a perder la confianza en mí, no de mis capacidades, sino de mi capacidad de recordar las cosas. Situación que se agudiza cuando estoy expuesta a un alto nivel de estrés (situación permanente en mi vida).Mis olvidos son cómicos pero a veces son una pesadilla y otras veces resultan costosos; cuando mi nivel de estrés es demasiado alto, olvido cosas bizarras, por ejemplo, a pesar de que manejo todos los días hace poco no lograba recordar dónde se encendían las luces de la moto, cuál era mi número celular o cosas así.

En clase, a veces, escribo algo en el tablero y cuando me doy vuelta ya he olvidado de qué estaba hablando, yo simplemente le pregunto a mis estudiantes, ellos se ríen, me ponen al tanto y continúo con mi clase con el mismo entusiasmo, “Profe ¿usted cómo logra recordar tantas cosas y saber tanto, pero olvida cositas tan cotidianas?” me han preguntado un par de veces.He apoyado a otras personas a desarrollar estrategias para ellas y sus hijos en el manejo del Déficit de Atención, yo misma he progresado del cielo a la tierra, he logrado conocerme, reconocer por cuánto tiempo logro sostener la atención y qué hacer para volver a retomarla cuando me expongo a una actividad prolongada.No obstante, mis olvidos del día a día han sido mi mayor desafío, me han traído tantos problemas, frustraciones y miedos; asociado a esto en los últimos años he desarrollado unos fuertes episodios de ansiedad que he ido aprendiendo a manejar, pero que siento tienen una fuerte base en la dificultad atencional.

Mi abuela, mi madre, mi tío y su hija, parecemos cortados con la misma tijera, a mi abuela le ha costado muchas ollas quemadas, un “nerviosismo” (como ella lo llama) constante; mi madre es muy cómica, mi casa a veces es una caricatura y ella suele repetir: “ay esta cabeza mía no me sirve pa moños… dónde habré dejado tal cosa…”; a mi tío le costó su matrimonio; mi prima igual que yo hemos destacado por un alto desempeño académico, a costa de hacer las tareas a lapsos de 20 minutos, hacer otra cosa por 5 minutos, luego retomar otros 20, luego parar de nuevo en algo diferente… pero nos cuesta trabajar en equipo ya que los demás se sienten obligados a cargar con un ritmo que les es ajeno. Ambas tenemos dificultades con el tiempo, la puntualidad, botamos continuamente objetos personales y cargamos en silencio con un auto enojo del que nadie más sabe.Nunca he estado medicada para tratar mi Déficit de Atención, las estrategias las he diseñado yo misma, nunca he consultado a ningún profesional por esta condición, cuando estaba en la universidad inicié una investigación sobre esto pero como muchos otros proyectos en mi vida la deje sin terminar.

Hoy en día he renunciado a varias horas cátedra y cargas con miras a poder tener menos estrés y terminar lo que inicio. Participé de un curso de coaching en el año 2008 que me ha inspirado mucho, pero acá en Colombia esta corriente sigue siendo muy subestimada.


Testimonio aparecido en el boletín n° 27 del APDA, publicado el 30 de noviembre del 2011.

 

De la mamá de una adolescente

¿Cómo se dio cuenta usted de que su hija tenía el TDAH?
Intuitivamente, me di cuenta que algo pasaba desde que ella tenía tres años. Era extremadamente inteligente, traviesa, vivaz; sin embargo, no acataba las normas en el nido. Mientras los demás niños (en su mayoría) parecían conectados con la profesora y lo que se hacía en clase, mi hija por lo general estaba haciendo algo distinto a lo que hacían los demás.

Por esa razón acudí donde una psicoanalista experta en niños y en pruebas, pero como no salió nada en claro, recurrí a otro profesional experto en niños quien la tuvo en terapia por casi dos años sin percibir nada.

Fue recién cuando ella tenía seis años y acababa de terminar el kindergarten, que una tercera experta en pruebas psicológicas para niños detectó el trastorno y me recomendó acudir donde un médico neurólogo. Fue el médico neurólogo quien corroboró este diagnóstico y me explicó de qué se trataba esto; además, me facilitó bibliografía sobre el tema.

Por lo que usted nos cuenta no es nada fácil hacer un diagnóstico acertado…
Bueno… Creo que hay casos y casos… Hace unos años no estaba muy difundido este síndrome o trastorno. Yo simplemente pensé que mi hija era sumamente distraída y un poco movida, razón por la cual la puse en un colegio de pocos alumnos por clase, pues por sentido común me daba cuenta de que ella necesitaba una educación personalizada. Pero fue recién con la evaluación psicológica que le hicieron a los seis años de edad y la posterior consulta con el médico neurólogo, que tuve conocimiento de lo que realmente ocurría. A decir verdad, a mí me desconcertó bastante que profesionales expertos en psicología infantil no dieran con el problema.

¿Qué sensación o sentimiento le produjo el saber que su hija tenía el TDAH?
En un primer momento, me sentí desolada, asustada y agobiada por la idea de que mi hija tuviera un trastorno neurológico y que probablemente estuviera condenada a recibir medicación por mucho tiempo. Con el transcurrir de los días, la información que el neurólogo me dio sobre el tema y los libros y videos que consulté sobre el tema, me dieron una mejor perspectiva del asunto. Tomé las cosas con más serenidad y llegué a sentir que no era algo para ponerse tan dramática, pues no se trataba de un trastorno mental o una enfermedad grave o incurable. Por el contrario, experimenté una sensación de alivio, sentí que al fin había llegado a determinar con certeza lo que tenía mi hija y por tanto podía ya darle los tratamientos más recomendables para ella, tanto en medicación como en terapia.

¿Qué consejos les daría a padres que tienen la duda o a aquellos que ya saben que alguno de sus hijos tiene el TDAH?
A los primeros, les diría que saquen cita con un neurólogo o dos, para estar más seguros del diagnóstico (lo que abunda no daña; aunque tampoco se trata de exagerar e ir donde varios médicos hasta encontrar a aquel que diga lo que los padres quieren escuchar). ¡¡¡No pierdan un tiempo que es valiosísimo para su hijo!!!

Y a los segundos les diría que no se asusten, que no se preocupen, no es el fin del mundo. Aunque en un primer momento todo padre puede sentirse agobiado al encarar que un hijo tiene un trastorno, los chicos con este déficit suelen emplear muchos recursos para contrarrestar las dificultades que tienen. Por lo general, son chicos de un nivel intelectual muy alto, así como también suelen ser enormemente creativos e imaginativos.

El último consejo: no minimicen el asunto. No crean que porque el chico es simpático o inteligente, o tiene dotes deportivos o artísticos, va a poder lidiar con sus dificultades sin ayuda externa.

Quizás en el pasado, cuando no se tenía conocimiento de esto, algunos chicos hayan podido superar solos sus deficiencias, pero estoy segura también de que muchos de ellos cayeron en problemas de falta de autoestima, rechazo social o escolar, alcohol, drogas, etc.

Muchos han sido tildados, en su entorno familiar o escolar, de ociosos o brutos o torpes, cuando no lo eran. Tampoco es bueno irse al otro extremo, como es el caso de muchos padres que tienden a sobreproteger o engreír a su hijo en exceso, ya que ahí también le están impidiendo superar el problema, pues muy probablemente el chico aproveche esto para manipular a los demás y no reconocer la autoridad de nada ni de nadie.

Como suele pasar con todo en la vida, a veces es difícil encontrar el justo medio. Reforzar su autoestima, saber ponerles límites claros y consecuentes, darles mucho amor, y tener una ¡¡¡¡¡alta dosis de paciencia!!!!! Sé que suena más fácil de lo que es, pero se puede. ¡Ánimo!

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Entrevista aparecida en el boletín electrónica n.º  1 del APDA, del 19 de septiembre del 2003.

De la mamá de un niño de 9 años

Luis es mi primer hijo, cuando nació era un bebé muy irritable, lloraba mucho. El día se pasaba entre darle de lactar, cambiarle pañales y tenerlo en brazos haciéndolo dormir. Su sueño era ligero y no duraba mucho, así que siempre estaba en brazos, era el único modo de no sentirlo chillar. Su modo de lactar era violento, fuerte.

Cuando creció, su genio se fue agudizando, a los dos años se aburría de todo, era incapaz de mantener su atención fija por tres minutos en un juguete determinado y siempre estaba gritando o tirando cosas. Se frustraba con mucha facilidad.

A los tres años fue al nido y las cosas no mejoraron porque no sabía jugar con otros niños ni le interesaba aprender a hacerlo. Se peleaba siempre y se aislaba del grupo, quedándose por unos momentos sin hacer nada, para luego ponerse a jugar por su cuenta por pocos minutos. Las profesoras no sabían cómo tratarlo y nosotros en casa tampoco.

Todos pensaban que se trataba simplemente de un engreimiento terrible. Yo sentía que había algo más de eso, pero no sabía a dónde llevarlo. Incluso los pediatras me aconsejaban simplemente ser menos tolerante con el niño y ponerle más límites.

Cuando entró al colegio las cosas tampoco mejoraron. Continuaba aislándose y desarrolló conductas agresivas. La psicóloga del colegio pensaba que su reacción se debía al divorcio por el que su papá y yo estábamos pasando. Yo continuaba pensando que había algo más.

Como la situación no cambiaba y el cansancio por parte mía era ya muy grande, me decidí, dándole la contra a muchos amigos y familiares, a llevarlo donde un neurólogo. Luego de aproximadamente una hora de consulta, el diagnóstico fue: Déficit de Atención sin hiperactividad significativa y, además, un comportamiento negativista desafiante.

El tratamiento que recomendó el neurólogo fue Ritalin, para comenzar, y en cuanto se pudiera —pues yo le dije que no disponía de medios económicos— hacer terapia conductual. A la semana de estar tomando el medicamento, los cambios fueron sustanciales. Ya no se desesperaba al momento de hacer las tareas (ya tenía 6 años), no lloraba tanto, su humor mejoró notablemente, iba contento al colegio y sus notas subieron. Como las cosas le comenzaron a salir mejor, su baja autoestima comenzó a crecer.

Ahora, él tiene 9 años, continúa tomando su medicación, está en terapia conductual y ya tiene amigos. En la casa ya no se escuchan ruidos de objetos que luego de volar por los aires se estrellan contra el suelo. Sé que falta mucho, pero sé, también, que vamos por buen camino.

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Testimonio aparecido en el boletín electrónico n.º 2 del APDA, del 19 de diciembre del 2003.

De la mamá de un chico de 12 años

Tengo un solo hijo, tiene 12 años de edad y está en tratamiento por TDAH. Mi embarazo fue completamente normal, trabajé hasta el último día y no tuve mayores problemas, estaba muy feliz de tener un hijo porque años atrás me habían dicho que no iba a poder concebir. El día que nació se me rompió la fuente a las tres de la mañana y luego de llegar a la clínica tuve una fuerte contracción y luego sus latidos empezaron a descender, por lo que me llevaron inmediatamente a la sala de operaciones y me hicieron una cesárea de urgencia. Su nacimiento llenó de felicidad mi hogar, fue un niño buscado, esperado y recibido con mucho amor. El primer mes estuve siempre a su lado, luego tuve que empezar a trabajar y dejarlo con una chica; nunca me dio mayores problemas, era un bebe muy bueno, casi no lloraba, era muy despierto y sonriente.

A los nueve meses comenzó a caminar sin haber gateado nunca, desde aquel momento se veía que era un niño con mucho nervio, rápidamente corría por toda la casa y parecía una locomotora. Dormía muy pocas horas y era como si lo poco que dormía le sirviera para recargar sus baterías, era un niño con unas energías increíbles, una vitalidad impresionante, mucha alegría, pero incansable; yo pensé que así eran todos los niños, pero en el fondo me parecía que era agotador, fue terrible el día a día. Para mí, cada noche significaba un alivio porque me permitía descansar. Yo no tengo padres y los de mi esposo no viven acá, así que nunca tenía con quién dejar a mi hijo, su infancia fue muy agotadora para mí, nunca tenía respiro, trabajaba toda la semana y cuando llegaba el domingo era terrible el solo pensar en qué actividades organizarle para cansarlo, pero mis intentos siempre fueron en vano.

En sus doce años de vida nunca lo he visto realmente cansado, nunca se ha dormido de cansancio, siempre ha tenido muchos problemas para coger el sueño. Además, recuerdo que desde pequeño decía que dormir y comer era perder el tiempo, que lo único que él quería era jugar, pero ningún juego lo llenaba por completo, había que hacer magia y a veces la cosa menos pensada le gustaba para jugar, como por ejemplo el cortacésped. Nunca le llamaron la atención los rompecabezas, la tele, los juegos, nada; recuerdo que casi a los siete años descubrió la tele, un día me dijo: “Mamá, qué lindos los dibujitos” y recuerdo que por primera vez veía algo de vez en cuando, pero en general nunca le llamó la atención el nintendo ni el gameboy y llevarlo al cine era una pesadilla.

Desde que era pequeño, siempre hice que practicara algún deporte, hizo natación, fútbol y finalmente tenis de mesa. En todos los deportes siempre destacó a pesar de que no ponía mucho interés, pero el comentario de los profesores siempre fue que tenía unas cualidades enormes para el deporte. Era un niño a quien le gustaba mucho molestar, hacer bromas pesadas y en general fastidiar a quien pudiese, esto le ocasionó un grave problema social, no tenía amigos y cuando conocía a alguien, lo invitaba todos los días hasta agotarlo. Siempre fue un niño muy ansioso, lo es hasta ahora, obsesivo, negativo. Recuerdo que desde que era pequeño, yo le comentaba a mi esposo que lo veía raro, no sabía por qué, pero raro; visité a muchos psicólogos pero nunca lo pudieron ayudar a él ni a mí.

Cuando era pequeño lo llevaba a un centro de estimulación temprana, iba al nido en la mañana y luego en la tarde lo llevaba allá, estuvo hasta los cinco años, y la psicóloga me aconsejó que no lo pusiera en un colegio muy estricto porque iba a perder mi tiempo y mi dinero. Como yo había trabajado tanto para que estuviera en un súper colegio, lo hice postular, en contra de su consejo, a los mejores colegios pero no ingresó a ellos. Únicamente se quedó hasta el primer grado en el colegio al que logró ingresar, pues los problemas en el colegio eran terribles, casi no copiaba nada, todo el tiempo se distraía, y fastidiaba a todos en los recreos, se la pasaba completamente solo, poniéndole cabe a todo el que pasaba.

Finalmente, decidí cambiarlo de colegio y visitar a un neurólogo, quien le diagnosticó Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad y le recetó Ritalin. Mejoró con el medicamento pero siempre me pareció terrible tener que estar pendiente de darle una pastilla cada cuatro horas, pero así lo hice durante mucho tiempo; ni siquiera podía descansar en las vacaciones, ya que empezó a jugar tenis de mesa y la verdad es que este deporte lo ayudó mucho y el medicamento le permitía jugar con mayor concentración. Actualmente sigue jugando, desde hace tres años pertenece a la selección del Perú, y actualmente es de los mejores del país en su categoría; por tener doble nacionalidad también juega en España, estando entre los ocho mejores jugadores de su edad en ese país. Aunque todo esto suene muy bien, nuestra vida no ha sido un jardín de flores. Desde el año pasado se le cambió el Ritalin por un nuevo medicamento que se toma solo una vez al día, llamado Strattera, que es el que actualmente toma y cuando entrena toma media pastilla de Ritalin para mejorar su atención.

En general, puedo decir que mi hijo ha mejorado muchísimo en relación a lo que fue de pequeño, creo que fue tan difícil para mí su niñez que cuando lo miro ahora no puedo dejar de reconocer que ha mejorado mucho y así lo dicen todos. Este año ha pasado a primero de secundaria y la verdad es que dentro de todo no me quejo, pero sigo teniendo muchos problemas de todo tipo. Por ejemplo, en estas últimas vacaciones ha descubierto la computadora y los juegos en línea y está obsesionado con esto; sé que podré manejarlo como todo, pero siempre es un niño que abarca toda mi atención y la de mi esposo y nuestra vida girará a su alrededor. Nuestro tema de conversación siempre es él, y la verdad es que sigue siendo agotador a pesar de todo; quisiera decir que está estable pero no es así, reconozco que ha mejorado pero no lo suficiente, yo le dedico mucho tiempo y, gracias a Dios, tanto su padre como yo tenemos una relación maravillosa con él, nos quiere mucho y nos respeta mucho, pero el problema sigue latente con todo lo que lo rodea, en menor escala, pero sigue.

Siempre pienso que algún día dará un cambio y que todos los consejos y todas las cosas positivas que siempre le digo algún día prevalecerán; es mi único hijo, y quizás por algo Dios no me envió otro; llevo veinte años con mi esposo, nunca me cuidé y nunca tuve otro embarazo, como yo digo, Dios sabe por qué hace las cosas y siempre nos da lo que somos capaces de soportar. Yo llevo esto cada día mejor, sigo en la búsqueda de ayuda, de información, leo mucho para poder entender este problema y creo que lo llevo bastante bien, por lo menos siempre me quedará la satisfacción de que hice todo lo humanamente posible por sacar adelante a mi hijo, pero a veces me entra cierta incertidumbre sobre lo que puede ser su futuro; ahora entra a una etapa muy difícil y tengo que estar muy atenta a todo. A veces siento que nunca terminaré de relajarme por completo y vivir una vida normal, solo tengo tiempo para trabajar, para mi esposo y para mi hijo, y a veces siento que me falta tiempo para dedicarme a mí.

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Testimonio aparecido en el boletín electrónico n.º 3 del APDA, del 22 de marzo del 2004.

De un profesional de 58 años

MI VIDA CON DÉFICIT DE ATENCIÓN

Desde que estaba en la cuna, desconcertaba a la gente; asombraba a mi madre por la manera en que la removía durante mis largos períodos de llanto. De niño mis primos decían que era muy renegón. Fui y sigo siendo impulsivo y caprichoso, pero ahora más controlado; no curado. A partir de los 12 años me empezaron a tratar por petit mal con pastillas que me daban mucho sueño. Mis padres nunca me explicaron el porqué y siempre fue un misterio para mí y una interrogante para mis amigos porque veían que cargaba con pastillas a todos lados. Alguna vez mi padre me dijo que era algo relacionado o con los riñones o con el cerebelo. No lo recuerdo bien.

Entré al kindergarten a los cuatro años sabiendo leer y lo terminé con cuatro medallas siendo el orgullo de mi casa. Al año siguiente, en transición, saqué tres medallas, dos en primero de primaria y ninguna más en mi vida escolar. Cursando cuarto de primaria me ausenté del colegio por tres meses debido a un largo viaje familiar y lo que más recuerdo de mi regreso es lo desorientado que me sentía al no entender nada de lo que pasaba en clase y no encontraba manera de ponerme al día. No sé como aprobé, pero sí que fue el comienzo de mi gran angustia escolar. A partir de esa época tuve profesores en casa con los que, curiosamente, terminábamos hablando de todo —música, animales, ciencias, del Perú y política— excepto de estudios. Muchas veces, al regresar para almorzar al mediodía (en ese entonces se iba al colegio tanto en la mañana como en la tarde), me daban unos fortísimos cólicos al estómago sin aparente causa; ahora me doy cuenta de que era la manifestación de la ansiedad que me causaba la vida escolar. Casi pierdo quinto de primaria de no ser por un profesor que me preparó con mucho cariño y que además me enseñaba en el colegio. Sé que al principio se negó a hacerlo pero, ante la insistencia de mis familiares, aceptó ir a casa. También recuerdo a mi papá explicándome una y otra vez temas de Historia —que en realidad no necesitaban explicación alguna pues eran solo hechos—, o de Biología, pero que me entraban por una oreja y salían por otra. En qué momento desistía de su tarea, no lo sé, pero puedo imaginarme su frustración.

Por fin llegó el año en que me jalaron; fue tercero de media. Ignoro por qué, pero casi no me dio vergüenza. Además, la recepción que tuve por parte de mis nuevos compañeros  —me quedé en el mismo colegio— fue muy buena; con todos hice buenas migas. Dos compañeros se hicieron cargo de mí y con mucho tesón y cariño me acompañaron de cerca hasta terminar el colegio, explicándome y volviéndome a explicar las cosas hasta que las comprendía y podía defenderme con las justas en los exámenes. Ellos eran buenos estudiantes y su ejemplo me hizo ver la manera de ser de un alumno adecuado. Hoy día diríamos que tuve un par de buenos coaches. Sin ellos, no sé que hubiese sido de mi vida académica y, quién sabe, de mi vida anímica. Con relación a esto último, en casa nunca me hicieron sentir mal por los fracasos escolares, sin embargo, mi autoestima estaba muy resentida. Por otro lado, era muy amiguero, bailarín, movido, tenía éxito con las chicas, era un acertado consejero de amigos y por más bruto que me sentía, creo que de alguna manera, mi vida extra académica me decía que no era tan inútil como me lo figuraba. Empecé mi carrera —química y matemática—  en los Estados Unidos. Pasé por el primer año como si hubiese sido una estadía en la China, pues lo que estudiaba me resultaba totalmente ajeno y muy bien hubiese podido decir ¡qué es esto, Dios mío! Estaba repitiendo mi desempeño anterior. Durante aquel primer año universitario, y en un lapso muy breve, murió mi padre. Un buen día, revisando su biblioteca tomé un libro de Química Nuclear y lo empecé a leer; comenzaba con un capítulo sobre su historia y me sorprendió comprender todo. Ese año regresé a los Estados Unidos para volver a empezar el año perdido y sentí que arrancaba mis motores pues poco a poco entendía todo. No se si fue el golpe de la muerte de mi papá o la madurez de los 18 años, pero no volví a tener un fracaso académico terminando mi carrera sin tropiezos. El ambiente universitario era fantástico; tuve amigos que a la vez eran buenos estudiantes. Aunque no fueron los coaches del colegio, su comportamiento hacia los estudios me enseño la técnica para triunfar. Aprendí que existían los horarios y al ver cómo se preocupaban de calcular el tiempo y los cursos restantes cada semestre me percaté de la existencia de aquello que se llama la planificación y de su importancia; aprendí que la vida no era un evento de corto plazo como yo la entendía. Viendo cómo sobrellevaban sus frustraciones me di cuenta de que no era el único que las tenía y aprendí a soportarlas mejor a medida que iba saliendo adelante. Puedo decir que ese cogollo de buenos estudiantes fue un modelo de cómo vivir en comunidad, de cómo tener éxito, y de actitudes que llevaban al triunfo como aquella de prepararse para derrotar a un contrincante en un debate en el aula o en salir entre los primeros de la clase. Entre lo anecdótico de mi estadía en el extranjero está mi dificultad para hacer maletas cada vez que venía al Perú, tarea que nunca pude realizar sin sentir una increíble impotencia al no saber qué comenzar a guardar primero ni dónde colocarlo. Un compañero metódico me daba la mano.

Por lo demás, durante el transcurso de estudios de postgrado me sirvió mucho el pensamiento lateral y sui géneris del Déficit de Atención (DA) para proveer nuevos enfoques; he hecho cosas que no todo el mundo se ha atrevido a realizar como por ejemplo aprender a volar avión en el Aero Club. Como amante del riesgo he tenido varias motos, y por mi comportamiento acelerado, he tenido mi dosis de choques y otros accidentes (dos brazos rotos) y siempre me han dicho que soy muy movido. Contradictoriamente, tengo una ventaja tremenda para aprender temas nuevos pues puedo focalizarme intensamente durante buen tiempo. Sin embargo, también sigo empezando mil cosas para abandonarlas luego a medio hacer, como si de pronto y por arte de magia cambiaran mis prioridades. Debo decir que ahora sí las retomo, pues he aprendido la importancia de la constancia. Bueno, ya tengo 58 años. Nunca he sido medicado por mi DA y, aunque estoy seguro de que me hubiese ayudado mucho, la estructura que me dieron los que me rodearon y la paz en el hogar de mi niñez han sido clave para llegar a esta edad, casado y feliz, con tres hijos (dos con DA, uno más fuerte que el otro), con casa propia, una vida laboral bastante buena y dedicándome, a estas alturas de la vida, a lo que más me gusta: enseñar.

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Testimonio publicado en el boletín electrónico n.º 4 del APDA, del 9 de julio del 2004.

De una joven profesional

Soy psicóloga y hace un año, aproximadamente, empecé a acceder a información sobre el TDAH por diferentes vías y poco a poco, sin que esto sea producto únicamente del azar, me fui interesando en el tema y desde ese entonces hasta hoy vengo desempolvando algunos recuerdos que me permiten, en este momento, reconocerme como una persona con déficit de atención y a la vez ir dándole sentido a aquello que en un momento me causó dolor y frustración.

Ahora entiendo algunas reacciones de mis profesoras durante la primaria, pues tenía el arte de desesperarlas ya que cada vez que me preguntaban sobre alguna cosa, que probablemente llevaban horas explicando, mi mente solía estar en otra parte, por lo que rara vez contestaba.

Años después, me encontré con una profesora que, curiosamente, me contó una anécdota que al parecer ella recordaba mejor que yo: me había visto en el patio, a la hora de la formación y luego, en el salón, mientras tomaba lista y me llamaba por mi nombre, resulté no estar presente por lo que salió al patio a buscarme y me encontró buscando a mis compañeras.

Una vez dentro del salón todo continuaba más o menos igual. Mis cuadernos siempre estaban incompletos, era imposible para mí tenerlos al día, y debo confesar que lo sigue siendo, aunque esto no interfiere mayormente con mi capacidad de adquirir información, escuchar y copiar. Mi letra era un tema, constantemente me hallaba en la siguiente dicotomía: hacer mi examen por la mitad y con buena letra para que sea digno de recibir por la profesora o de lo contrario terminarlo con una letra probablemente ilegible, desbordada del renglón y así… Fui la última de mi promoción que aprendió a contar, solo una vez me saqué 20 en un dictado de números, nunca más hubo uno.

Todo esto, como es comprensible, fue creándome una reputación y como resultado comencé a tener una serie de ideas paranoides (tómese con el humor que corresponde). Cuando alguna profesora que yo nunca había visto me saludaba por el pasillo, la única explicación que yo encontraba era que los maestros hacían comentarios sobre mí.

Luego del colegio tenía clases particulares de varios cursos, pero recuerdo sobre todo muchas, realmente muchas, profesoras de matemáticas que iban cambiando en la medida que iban renunciando a seguir enseñándome. Recuerdo cómo mis padres se desesperaban por todas las malas notas que llevaba a la casa.

Llegué a tener la autoestima muy baja. En la secundaria algunas profesoras hacían constante alusión, y de manera pública, a mi incapacidad de captar sus explicaciones. Las matemáticas eran para mí casi imposible de entenderlas, lo curioso es que luego del colegio me fue muy bien con ellas en la academia. Mi rendimiento fue bastante oscilante y la diferencia de notas entre mis cursos preferidos y aquellos que no me gustaban o mejor dicho los que no logré agarrarles el gusto era abismal y directamente proporcional a la simpatía o antipatía que cada profesora despertaba en mí (compréndase mi actitud). Hoy me sorprendo cuando me veo interesada en la geografía o en las matemáticas, aunque sea por un momento.

Una compañera a la que hoy considero mi amiga y a la que estimo y quiero mucho, se sentaba al lado mío, fue siempre una de las primeras del salón y siempre tuve que soportar comparaciones. Al final de cada año, durante la primaria, me llamaban a recibir el diploma de “mejor colaboradora con profesoras y compañeras” que como podrán imaginarse para mí no tenía el menor valor si tenía en cuenta que a mi amiga —en ese momento mi enemiga— le estaban entregando un diploma que correspondía al de “mejor rendimiento”.

Cuando salí del colegio tuve una crisis vocacional que duró casi tres años, pero durante los cuales realicé un tour, preparándome y postulando, a las universidades y carreras más diversas y sin aparente relación entre ellas, hasta que finalmente ingresé a psicología —sí, probablemente para explicar, entre otras cosas, todo esto que me había pasado. Hoy disfruto lo que hago. Durante la universidad me fue muy bien durante los primeros ciclos, en el cuarto me jalaron en un par de cursos que me hicieron perder medio año, de ahí en adelante todo fue bastante bien, terminé en el tercio superior, aunque nunca tuve un cuaderno completo, a pesar de que me empeñaba en cada clase en tomar apuntes.

Hasta hace poco leer me resultaba bastante tedioso, pero gracias a la sugerencia de un amigo empecé a leer cuentos y así poco a poco me fui introduciendo en lecturas más largas y complejas hasta poder disfrutarlas, aunque sigo teniendo dificultades con lecturas largas y en general para lograr engancharme.

Aun veo muchos aspectos en mí que tienen que ver con el déficit de atención. La vehemencia me impide planificar adecuadamente, aunque trabajo en eso y puedo decir que he mejorado. Facundo Cabral dice que su madre no utilizaba agenda porque todo aquello que debía hacer, se lo recordaba el corazón; eso lo entiendo, y de hecho durante muchos años me dediqué a hacer solo lo que el corazón me recordaba, pero hoy es casi indispensable para mí utilizar agendas, hacerme horarios y apuntar lo que debo de hacer aunque siempre deje espacios en la agenda para aquellas cosas que el corazón siempre me recuerda.

Nunca fui diagnosticada, excepto por mí misma hace muy poco tiempo, y bueno, un profesional y amigo confirmó mis sospechas. Creo que haber recibido medicación me hubiera facilitado las cosas, ahora cuento con estrategias que he ido aprendiendo y que me permiten funcionar organizadamente, pero si esto se hubiera detectado en mi infancia, creo que me hubiese ahorrado muchos sin sabores. Últimamente he considerado seriamente la posibilidad de iniciar un tratamiento medicamentoso que me permita trabajar y estudiar con más efectividad y menos esfuerzo innecesario.

Por otro lado, creo que fue importante la presencia de muchas personas que generaron en mí autoconfianza, lo que me llevó, a poder hoy continuar con optimismo. También sé que la motivación sigue siendo un factor muy importante en mi vida personal y en mi labor profesional.

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Testimonio aparecido en el boletín electrónico n.º 5 del APDA, del 19 de septiembre del 2004.

De tres niños con TDAH

La mamá de un niño distraído de 12 años con talento literario nos relata una conversación con el médico neurólogo:

Cuando llevé a mi hijo de 12 años al neurólogo, ocurrió el siguiente diálogo:
Neurólogo: Cuéntame, Alejandro, ¿por qué has venido?
Alejandro: Porque soy distraído.
Neurólogo: Haz de cuenta que soy un marciano que no sabe lo que los terrícolas quieren decir con ser distraído, ¿cómo me lo explicarías?
Alejandro: Cuando uno es distraído, no le es fácil concentrarse por mucho tiempo en una sola cosa.  Por ejemplo, a veces estoy en la clase escuchando a la Miss, y de repente se cae un borrador y yo tengo que voltear en seguida para ver qué pasa; y luego  alguien se para y hace sonar su silla y me quedo pensando en la silla… entonces escucho por la ventana  que alguien en el patio juega y me quedo pensando en ese juego, entonces  pienso:  Ya, tengo que concentrarme porque sino voy a perder mucho tiempo, y me quedo pensando en que tengo que concentrarme, y al final nunca me llego a concentrar. Cuando intento  volver a concentrarme en lo que estaba, ya no puedo. En muchos casos ni siquiera puedo resolver una suma de  2 + 2, y lo tengo que resolver dibujándolo en mi mente o en un papel o con mis dedos y eso me cuesta mucho trabajo y mucho tiempo.

El neurólogo me dijo: «Señora, en los muchísimos años que llevo viendo niños distraídos, nunca había escuchado una descripción tan lúcida, tan precisa de lo que es ser distraído. Su hijo es un narrador nato; ya es tiempo de que tengamos un nuevo Vargas Llosa». Al final de la consulta me dijo: «Me encantaría tener a niños como Alejandro todos los días en el consultorio; con lo inteligente, simpático y hasta carismático que es, los resultados del tratamiento van a ser excelentes».

Al regresar a consulta luego de tres semanas de tomar tres veces al día su medicamento, el diálogo fue el siguiente:
Neurólogo: Cuéntame, Alejandro, ¿buenas noticias?
Alejandro: Sí.
Neurólogo: Señora, yo espero que las noticias sean excelentes, cuénteme cómo van las cosas.
Yo: No sé qué pensar, juzgue usted. Sigue siendo el niño alegre y juguetón de siempre, pero su percepción de muchas cosas ha cambiado. Por ejemplo, me ha pedido que le compre un reloj para poder organizarse y que el tiempo le alcance para todo lo que tiene que hacer. Se viste más rápido y ya no hay que empujarlo a que haga todo. He descubierto en él las habilidades literarias que usted anunció: hasta ahora, solo me había escrito algo para el día de la madre de este año; en los últimos días ganó un concurso sorpresa de narración literaria de todo el sexto grado de su colegio, adaptando una conocida historia para niños y escribiendo con el estilo de su famoso autor. Ya no hay anotaciones en la agenda de que no presta atención, etc… Como sabe que puede trabajar mejor, se ha vuelto más responsable y anoche estuvo haciendo tareas hasta las doce de la noche; había faltado al colegio el día anterior por estar enfermo y quiso ponerse al día  inmediatamente…..
Neurólogo: Bueno…, tampoco hay que exagerar…

Testimonio  de Carlos, un niño distraído de 8 años, también con talento literario

Estimado Doc: Hola, te mando mi testimonio:
Para mí ser distraído es cuando no presto atención a mi Miss, a mi mamá y a mi papá y a otras personas. Yo soy distraído porque pienso en sueños, en los que yo soy el héroe, en la película que he visto y por eso unas veces me saco en matemáticas 15, 16 y 12. Yo creo que soy distraído porque no me dan ganas de estudiar o tal vez porque tengo sueño. También porque estoy pensando en muchas películas, cuándo me veré con mis amigos, a qué jugaremos. Ser distraído en verdad es que no quieres saber lo que la otra persona te está diciendo. Hoy día yo ya estoy tomando mi pastilla y me he concentrado muy bien en prácticas de matemáticas en la casa, y me saqué 100%, 78% y 90% de puntaje de buenas respuestas.

Firmado: Anónimo.
Gracias por decirme de que soy inteligente. Usted es muy bueno.

Comentario del neurólogo tratante:
Un Vargas Llosa no viene solo; al poco tiempo lo sigue un Bryce Echenique.

A los dos meses de ver a Alejandro en el consultorio, apareció Carlos, quien antes de las 24 horas de haber estado en consulta me envió el segundo de los testimonios. Agradezco a ambos su amabilidad y deseos de compartir sus apreciaciones sobre lo que significa ser distraído.

¿Por qué anónimos? Alejandro y Carlos van a destacar, en su momento, por sus indudables habilidades; no hay necesidad de que llamen la atención por un trastorno que van a superar con facilidad, aparte de que una exposición prematura no suele ser conveniente.

Alejandro y Carlos van a tener mucho tiempo para decidir qué rumbo dar a su vida. En cualquier caso, escribir bien, manejar bien el idioma, les va a servir en cualquier campo que escojan y no va a ocurrir con ellos lo que no es infrecuente: que la lectura de un artículo, un comentario o un libro de un distinguido profesional impida apreciar la calidad del tema tratado debido a una pobre redacción.

Consejos de Marcos, niño distraído de 11 años, para no perder el hábito de estudio:
Llega el verano, ¿se pierde el estudio?

Yo este año (cuando empezó el año escolar) no me acordaba de algunas cosas de mate, estaba perdido. He decidido que a comienzos de febrero del 2005 estudiaré una hora diaria.

¿Cuándo comenzar? No existe una fecha obligatoria. Tú tienes que llegar a la fecha que te parezca conveniente, así como al tiempo que quieras estudiar diariamente.

El mejor momento para estudiar es la mañana. ¿Por qué a esa hora? Porque en la mañana no has jugado, ni has visto TV, y si haces todo eso primero vas a querer seguir haciéndolo y te vas a distraer pensando en eso cuando estudies.

¿Qué debo estudiar? Todos los cursos, pero si estás muy mal en ciencia, entonces un poco más de ciencia no te vendría mal.

El lugar es algo muy importante, siempre se debe estudiar en un mismo lugar, no puede tener cosas que distraigan (juguetes, historietas, calcomanías, cartas, etc.), debe tener solo lo necesario para estudiar.

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Testimonios aparecidos en el boletín electrónico n.º 6 del APDA, del 11 de diciembre del 2004.

De la mamá de un joven universitario

Recientemente, ¡mi hijo entró a la Universidad! Todos estamos felices…, sobre todo él. Creo que este es el premio a su gran esfuerzo, su constancia, su determinación,  han sido muchos años, muchas clases, muchas terapias… Y aunque este no es el final, sí concluye una etapa e inicia otra.

Desde bebe fue un niño lleno de vida, inquieto, curioso, a quien alentábamos en su descubrimiento del mundo… Luego entró al preescolar, y aunque inquieto era algo manejable. Nunca tuve una queja del nido que me hiciera pensar en que algo no estaba bien.

Con el inicio de la primaria y la escolaridad formal aparecieron las primeras dificultades. Yo trabajaba directamente con él sus tareas, así que sabía de su esfuerzo, el cual no se reflejaba en sus notas. Así, cada año su promedio general bajaba un punto y su autoestima bajaba “varios puntos”: estaban los amigos que comparaban las notas, las reprimendas de los profesores, sin entender muchas veces el por qué de ellas.

Al llegar al 5.º grado, su frustración era muy grande y yo no sabía qué pasaba, muchas veces regresaba a casa muy deprimido porque por algún motivo le había ido mal en un examen para el que había estudiado tanto. Yo veía que era un chico inteligente, pero perdía muchos puntos por su distracción, no terminaba tareas, olvidaba sus cosas en el colegio, etc.

Sentía su sufrimiento y el mío al no poder ayudarlo, pues por más que revisaba sus tareas y lo ayudaba día a día, sabía que esto no era suficiente. Allí decidí que si mi hijo tenía algún problema había que enfrentarlo y ayudarlo.

Y aquí vino el primer cambio de colegio…, lo conversamos con él y estuvo de acuerdo, aunque no le fue fácil. Primero fueron las evaluaciones neurológicas, psicológicas, cognoscitivas, etc.  Luego las pruebas en los diferentes colegios.

Producto de las evaluaciones tuve por primera vez un diagnóstico de Déficit de Atención y fue medicado, aunque no tuve mayor información. La medicina y el nuevo colegio parecieron funcionar bien en un inicio y le permitió avanzar un poco y mejorar su autoestima, pero pronto las dificultades volvieron a aparecer. La medicina le permitía controlar su Hiperactividad-Impulsividad y mejoraba su atención, pero no suplía las herramientas intelectuales que no había desarrollado en años anteriores (a pesar de diferentes cursos, talleres de apoyo, profesores particulares, etcétera).

Acertadamente, en casa siempre supimos separar sus dificultades para el estudio de su desarrollo personal; mientras el tiempo le alcanzó, hizo deporte y siempre tuvo un espacio para la diversión y socialización propias de su edad.

Si bien había mejorado bastante, al terminar el III de secundaria, el balance era insuficiente. Necesitaba de una mejor preparación si pensaba seguir estudios superiores. Decidimos, tanto mi hijo como nosotros,  que debíamos enfocar todo el asunto de manera integral, pues hasta ahora hacíamos las cosas por intuición, recomendación, etc.

Al diagnóstico y apoyo médico, aunamos mucha información y conocimiento, nos preocupamos por entender todo acerca de este trastorno. Este fue el gran momento. Conociendo y aceptando tanto sus potencialidades como sus limitaciones,  tomó la decisión de regresar a su colegio original y se inscribió en el Programa de Bachillerato Internacional.

Han sido dos años de estudios muy fuertes, mucho esfuerzo, disciplina, coraje. Hoy todo este esfuerzo se ve recompensado con el diploma del bachillerato y su ingreso a la universidad.  A la cual ha ingresado a estudiar Psicología, principalmente motivado por aprender aquello que le sirva para ayudar a los futuros niños que, como él, tengan TDAH.

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Testimonio aparecido en el boletín electrónico n.º 7 del APDA, del 14 de marzo del 2005.

Del papá de un niño de segundo grado

Esperamos a nuestro primer hijo con mucho amor. Tenía ya un nombre incluso desde antes de ser concebido. Cuando era bebe sus llantos nos ponían muy nerviosos, pero lo atribuíamos a  nuestra inexperiencia. Caminó exactamente al año y empezó a hablar cerca de los tres años, quizá por el hecho de que somos padres bilingües. Empezó el nido sin problemas, pero la avalancha empezó en el kinder escolar. ”Es muy inquieto, no presta atención, habla malas palabras, hace muchas travesuras y prácticamente hay que tenerlo de la mano”, nos decían las profesoras.

Cuando pasó a primer grado las quejas de los profesores eran casi diarias y a veces mañana y tarde. Nos avergonzábamos de su conducta e iniciábamos la guerra de la culpabilidad y recurrimos al castigo físico ignorando que ellos no eran ninguna solución. Pero no fue hasta el ultimátum de la directora que decidimos buscar ayuda profesional. El diagnóstico del psiquiatra infantil: Déficit de Atención con Hiperactividad. Empezamos a darle metilfenidato (Ritalín) y el progreso se hizo notorio con mejores notas y mayor concentración aunque la conducta no era muy satisfactoria todavía.

Simultáneamente iniciamos terapia con el mismo médico pero quizá porque no estaba bien orientada, el propio niño terminó cansándose y no quiso volver a su consultorio. Ante la insistencia de mis padres, aceptamos llevarlo ante un nuevo pero muy experimentado psiquiatra infantil, quien indicó un examen completo psicológico, realizado por una prestigiosa licenciada. Asimismo, confirmado el anterior diagnóstico se inició una terapia para ayudar a nuestro hijo a mejorar sus hábitos de estudio y concentración, simultáneamente con la toma diaria de metilfenidato.

Lamentablemente en esta ocasión la terapia tampoco funcionó y parecía que el metilfenidato tampoco ayudaba  pese a tomarlo hasta tres veces al día y a sus efectos secundarios negativos como el de “rebote”. Entonces nos enteramos de la entrada al mercado de la atomoxetina (Strattera) que llegó con una campaña publicitaria mediática como la pastilla mágica y decidimos probar pese a ser un medicamento nuevo y bastante caro para nuestro presupuesto.

Durante los tres meses que el niño tomó atomoxetina no observamos mayor progreso y por el contrario los problemas principalmente de conducta se agravaron no solo a nivel escolar y familiar sino en el núcleo de nosotros como pareja. Entonces recurrimos a un neuropediátra con quien decidimos volver al metilfenidato pero esta vez tomado en pequeñas dosis cada tres horas, ante la ausencia de un preparado de la sustancia de efecto prolongado. Asimismo, el niño llevó a cabo en el verano intensas actividades tanto físicas como recreativas: playa, piscina, fútbol y karate, a pesar del temor infundado que habíamos tenido de que esta última disciplina lo volviera agresivo. Todo ello fue un gran beneficio para todos nosotros porque el resultado ha sido una notoria y sustancial mejora a todo nivel. Ahora nuestro hijo empezará una nueva terapia orientada a modificar las conductas negativas puesto que para los problemas de atención ya está el metilfenidato.

Quiero destacar la importancia y utilidad de los boletines del APDA —cuyo material que se renueva, y que recibimos por Internet, esperamos con tanta expectativa— y pedir  a las autoridades del Ministerio de Salud que sean más sensibles a las familias con integrantes que sufren de TDAH y faciliten no solo la compra del metilfenidato sino que se acelere el ingreso al mercado peruano del mismo medicamento de efecto prolongado. No hacerlo  sería continuar beneficiando al otro medicamento que existe en el mercado para el mismo trastorno, que se expende incluso sin receta médica.

Finalmente creo que debe lanzarse una campaña de difusión a nivel nacional para informar y capacitar sobre el TDAH y para promover una ley de protección contra la discriminación que sufren los pacientes con TDAH, como ya existe en países del primer mundo como los Estados Unidos de Norteamérica.

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Testimonio aparecido en el boletín electrónico n.º 8 del APDA, del 15 de junio del 2005.

De la mamá de un niño de 10 años

La verdad que siempre recuerdo como anécdota y como un punto de partida (aunque entonces lo ignoraba) el hecho de que cuando nació mi primer hijo (hoy tiene 10 años) estando todavía en la clínica, cuando se acercaba la hora de la lactancia la enfermera de turno de la Sala de bebés me llamaba media hora antes para decirme que me iba a llevar a mi bebé antes porque lloraba tan insistente y fuerte que temía le despertara a toda la ‘tropa’ en neonatología.

Una vez en la casa definitivamente como mamá primeriza yo no tenía referencia alguna para comparar, y bueno era un bebé muy demandante y geniudo. En dos oportunidades me hizo ‘crisis del llanto’ o ápnea y me dio el susto de mi vida. Las horas de dormir eran una pesadilla porque simplemente no dormía períodos largos jamás y la verdad que a esas alturas la dulzura de esos cuadros de bebés durmiendo plácidamente, para mí eran nada más que producto de la mera imaginación. Mi bebé sentía cualquier ruido, muchas veces ni yo lo percibía pero lograba despertarlo a él.  A medida que fueron pasando los meses él iba creciendo y convirtiéndose en un niñito muy vivaz, alegre, espontáneo y  cariñoso, pero muchas veces pataletudo.

Recuerdo una vez a los dos años en una de nuestras constantes visitas a Wong. En el camino se había quedado dormido pero apenas cuadré el auto rápidamente se despertó.  Para cuando lo senté en el cochecito estaba aún como adormecido cuando de pronto vio algo que lo encaprichó y yo traté de explicarle que por ese momento no se podía y bueno, empezó una pataleta incontrolable. Tan fuerte fue que opté por sacarlo del carrito y llevarlo al baño a lavarle un poquito la cara. En esas estaba cuando una señorita trabajadora de la tienda entró en el baño y me preguntó mirándome directa y seriamente a los ojos si yo era la madre del niño!!! Quién sabe, supondría que se trataba de un rapto o algo similar. Tuve que secarle la carita y ya estaba más calmado pero para cuando salimos del baño volvió a chillar hasta que llegamos al auto y entonces allí recién terminó de tranquilizarse y se volvió a quedar dormido en su sillita… Este evento fue para mí más que agotador y me dejó sumida en un mar de sentimientos encontrados y de preocupación. Lo peor de todo era que no sabía por donde empezar a comprender a mi hijo. Tiempo después leyendo un libro de TDAH descubrí que en algunos casos estos niños son hipersensibles a todo cambio brusco de temperatura y de luz y ello les causa una incomodidad extrema y allí entonces entendí el por qué de aquel día.

Pero bueno, cuando mi niño cumplió los 2 años 10 meses ya era hora de que empezara a asistir a un nido, así que empezaron las visitas de tiempo parcial al nido acompañado por mí. Todo era maravilloso mientras me veía cerca. El caos empezaba cuando de pronto yo tenía que irme. Mi excusa era que lo dejaba para traer pancito y lo recogería para comerlo juntos. Nunca le fallé ya que siempre volvía a la media hora con los pancitos, y así la hora de la recogida se fue dilatando.

Finalmente después de algunas semanas me dijeron que tenía que llevar a mi hijo a hacer algunos “descartes”. Me recomendaron a una neuróloga para que descartara si oía bien (era distraído y no acataba las órdenes grupales) y luego me pidieron un electroencefalograma (conducta indebida). Las quejas eran que era un niño con ausencia de límites grupales, distraído y muy dado a las pataletas fuertes, y con esto me refiero a aquellas en que se tiran al piso y dan de patadas y gritos. Todo este comportamiento se vio incrementado con la ida al nido (claro está que la presión que sentía y también las constantes llamadas de atención lo estaban estresando aún más).  En resumidas cuentas la primera experiencia del nido para mi hijo fue caótica. Llegó al punto de pegarme y decirme cosas como “te odio” y pataleaba de cólera y descontento cuando veía el uniforme. La noche previa la pregunta clásica era: ¿Mamita, mañana tengo nido? Recuerdo el día cuando después del almuerzo lo echaba en su camita y yo a su costado le contaba un cuento o lo hacía escuchar música clásica para relajarlo y de pronto él me dijo: “¿Sabes mami? Yo soy malo y malcriado”. La verdad que recuerdo aquellos días como días muy confusos y realmente duros de atravesar. Desgraciadamente yo no tuve suerte con la profesora de turno en un principio, pero para cuando hablé con ella con los resultados de las pruebas, sí hubo un entendimiento mejor del caso y mayor paciencia hacia él y en conjunto con su medicación se logró muchísimo bienestar en él. (Es indispensable que el tema del TDAH sea conocido ampliamente y difundido por el bien de tantos niños que lo tienen).

De la primera reunión con el nido se concluyó que debía llevarlo con la neuróloga para que le hiciera un descarte de oídos. La cita fue inmediata y de allí se definió que era un niño muy despierto y que no sufría de los oídos. Recuerdo que la doctora me dijo: “Su hijo es un niño muy despierto y en muchas pruebas supera lo que se espera de él, pero me inclino a pensar que se trata de un niño con ADD, y si fuera así le adelanto que no será un camino fácil de recorrer”. Con esas palabras se acabó la cita. Yo no tenía idea de qué era eso de ADD así que fui donde el neurólogo de una importante clínica, siguiendo el hecho de que se me había pedido un examen neurológico. Me recibió con mi hijo y para cuando le expliqué el por qué estaba allí se agarró la cabeza en un gesto de desesperación y me dijo: “Señora, ¿sabe usted cuántos niños me los derivan con el mismo problema? La ignorancia es grande”.  Acto seguido se volteó y me sacó de su escritorio un archivo bastante grueso en donde explicaban completamente el TDAH. De todas maneras revisó a mi hijo y lo encontró en perfecto estado. ”Los electroencefalogramas son única y exclusivamente para casos en los que los niños convulsionan”. Terminámos la cita hablando de casos de personas que también se les había diagnosticado con TDAH y que se habían logrado en la vida así que con ello algo me tranquilizó, pero la verdad que al salir de allí tenía la sensación de que cargaba en mis manos nada menos que la ‘sentencia de mi hijo’.

Posteriormente fui donde otro neurólogo y él decidió medicarlo. No era lo usual hacerlo siendo tan pequeño pero dada la situación de mi niño, en que su autoestima estaba tan golpeada, era recomendable. La verdad que no dudé en darle el Ritalín ni por un instante y de a pocos mi hijo empezaba a cambiar en el sentido que salía más contento del nido, con sus stickers de reconocimiento. De a poquitos empezó a ir más confiado al nido y a comprender que yo no lo dejaría de recoger. De a poquitos empezó a recuperar su autoestima y confianza y así acompañado de sus terapias de lenguaje y conducta (3 veces a la semana con profesionales de una institución especializada) logramos terminar un año bastante difícil.

Al iniciarse el siguiente año, el tercero de nido, las terapias siguieron mas no la medicación. Ingresó a un colegio bilingüe con muy buen puesto y el primer año en Kinder lo pasó bastante bien pero no faltó la cita en la que me comentaron de ciertas cosas que habían notado en él, las cuales yo obviamente ya conocía. Hablando de su trayectoria en el nido consideramos la posibilidad de que para el primer grado pudiese necesitar del Ritalín nuevamente por el asunto de su concentración más que nada, para lo cual yo lo volví a evaluar aquella vez con otra neuróloga, quien definitivamente estuvo de acuerdo en ello dado el caso de mi hijo y obviamente de las pruebas que ella le hizo.

Anualmente lo llevo a donde ella antes de iniciarse el año escolar para una evaluación. Mi hijo no ha dejado de tomar su medicación a lo largo de sus años escolares. Actualmente  cursa el cuarto grado y es un niño feliz en su colegio. Sí es verdad que en algunos momentos ha tenido dificultades con el idioma y las matemáticas, pero nada graves ya que con  ayuda del vínculo profesor/padres los ha revertido satisfactoriamente. Tiene momentos difíciles, ya que son parte de sus características el no tolerar la frustración y el serle tan difícil lograr mantenerse sentado para hacer las tareas. Por las tardes al llegar del colegio siempre se relaja una media hora y luego hace deporte, lo cual si bien alarga la hora de la tarea, lo relaja  y lo descarga de las tensiones del día. Es un niño sumamente diestro en el deporte lo cuál incrementa su autoestima y eso es excelente para él.

A lo largo de estos siete años en la ruta del TDAH los dos hemos estado muy cerca y les digo que se necesita una paciencia divina para lograr no estallar, pero todo esfuerzo es válido. Constantemente trato de leer e informarme y así poder manejarlo mejor. No es un camino fácil y definitivamente es todo un reto el criar a un niño con estas características.  Hay veces que tengo la sensación de estar domando a un ‘potrillo salvaje’, pero les aseguro que todo sacrificio y esfuerzo es valioso. Con sus 10 años pronto se cerrará la puerta de la niñez y se abrirá la de la pubertad y adolescencia, un camino por cierto difícil ‘para los dos’, pero felizmente el tema del Déficit de Atención empieza a difundirse cada día más intensamente y los recursos para apoyar tanto a los niños, jóvenes y padres también empiezan a surgir, y entonces el reto se perfila con mayores posibilidades de éxito.

En cuanto al hecho de medicarlo puedo decirles que jamás dudé en hacerlo o no. Como siempre lo repito, para mí es un asunto de ‘calidad de vida’. Si su organismo lo necesita ya que lo que ellos tienen es un ‘déficit’, por qué no dárselo. Yo he visto,  y continúo viendo, los buenos resultados de su tratamiento. Es un medicamento usado hace mucho tiempo ya y si bien se oyen comentarios contrarios, no hay nada resuelto al respecto. Lo único que sí es contundente es la gran ayuda que ello significa para estos niños que tienen déficit de atención e hiperactividad, con todo lo que ello conlleva. Ahora, claro está que no sólo el medicamento actúa como magia, estos niños o jóvenes necesitan mucho apoyo y soporte emocional. Se necesita también, como padres, el estar bien informados al respecto para poder estar ‘allí’ en los momentos difíciles por los que pasan y salir airosos y no vencidos. En mi experiencia personal puedo decir que a medida que él va creciendo y madurando es aun mejor porque él empieza a ser capaz de autoevaluarse.

Tengo un  segundo hijo con el que se lleva 5 años y bueno, allí afloran los celos, las peleas, la impulsividad, la poca tolerancia, las preguntas clásicas de ”¿y por qué a él sí y a mí no?”, “¿por qué él tiene más y yo menos?” Todas preguntas clásicas quizás de la niñez, pero en estos niños tres veces más frecuentes e intensas.

Definitivamente son niños difíciles, es todo un reto el lograr llevarlos por el camino adecuado y toda una prueba de fortaleza emocional y física para nosotras las mamis. Pero les puedo asegurar que cuando estas semillitas reciben todo el apoyo que necesitan en el sentido de comprensión, soporte emocional, medicación, paciencia, estímulos positivos, aprobación y reconocimiento a sus logros, brotan de ellas unos tallitos maravillosos que uno ya puede visualizarlos como fuertes y sólidos árboles en un futuro.

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Testimonio aparecido en el boletín electrónico n.º 9 del APDA, del 15 de septiembre del 2005.